Apuntes desde el Medio Oeste (III). Canciones que nos salvarán mañana

Artículo originalmente publicado en Fronterad (7 de diciembre de 2013)

Había estado escuchando sus discos compulsivamente durante las últimas semanas. Sin previo aviso había llegado el invierno y afuera, de cuando en cuando, un viento glacial levantaba un rumor suave en las hojas de los árboles. Pronto los árboles se desprenderían de esas hojas de tonos anaranjados que embellecen cada otoño las calles y los jardines. A la angustia por la definitiva llegada del invierno, a priori interminable, se contraponía el alivio de saber que éste nunca me podría arrebatar sus canciones. Como ya apuntaba hace poco más de un mes, sucede justamente lo contrario: las canciones –como tantas otras cosas– adquieren en esta coyuntura una trascendencia al menos singular. Hoy, cuando una nieve muy espesa cubre los coches aparcados y salir a pasear resulta una quimera, vuelvo a percibir los caminos transitados por el prolífico Ryan Adams con cierta añoranza y familiaridad. La teoría de la reminiscencia  de Platón ejemplifica bien ese proceso en el que a menudo nos vemos imbuidos, de volver a degustar unas melodías que se instalaron hace algún tiempo y para siempre en nuestras coordenadas sensoriales.

El lugar donde descubrimos una canción, o la persona dueña de esa especie de secreto revelado, tiende a permanecer en nuestro inconsciente  por un ínterin indefinido. Antonio Muñoz Molina lo ilustraba con lucidez en uno de los pasajes de Ventanas de Manhattan, cuando nos sugería que “las canciones no hablan de quien las ha compuesto y ni siquiera del que está tocándolas sino de quien las escucha, de quien se reconoció en una de ellas nada más descubrirla  y se vio comprendido y explicado por la pura forma de la melodía, por esas palabras que ya le pertenecen incluso cuando sólo las ha comprendido parcialmente”. Nos referimos aquí a la memoria, a cómo los recuerdos -o la deriva idealista de estos-, junto a las circunstancias, determinan en gran medida el mapa mental que asoma sobre nosotros cuando el vinilo empieza a girar y todo lo demás se torna mundano.

Fue Ryan Adams uno de los primeros músicos estrictamente contemporáneos, dentro del paraguas de la música norteamericana, que llegó a mis oídos aunque fuese desinteresadamente. Recuerdo que mi hermano mayor había grabado por aquel entonces algunos de sus discos en cedés vírgenes, con sus correspondientes caratulas caseras incluidas. Solía reproducir alguna de sus canciones cada noche antes de acostarnos. Pasados los años, cuando me enfrenté por mi cuenta a discos como “Heartbreaker” (2000) o “Demolition” (2002) muchas de esas melodías me resultaron altamente evocadoras, sintiendo con frecuencia que regresaba a aquellas noches de domingo de Carrusel Deportivo post-partido del plus, en las que tras el poético resumen de la jornada a cargo de Pepe Domingo Castaño Ryan ponía la guinda a la semana con su Desire. A veces pienso que en noches así algo tan importante como la emotividad para con la música empezaba a fraguarse, y siento cierta satisfacción por haberme acercado pasivamente, con apenas diez años, a algunas de las canciones que con los años han pasado a formar parte de la banda sonora de mi vida.

Cobrar melancólicamente conciencia de la lejanía cuando han pasado poco más de dos décadas desde que este escribiente aterrizara en un país que ya presagiaba su fracaso puede resultar absurdo, pero quizás podemos culpar a los Bruce Springsteen, Antonio Vega, Andrés Calamaro o Quique González, referentes absolutos para un servidor y propulsores de esa melancolía espontáneamente placentera. Además, según muchos de los todólogos que cada día acaloran el debate público pertenezco a “la primera generación que vivirá peor que sus padres”, por lo que parezco tener motivos suficientes para seguir sumergiéndome en el pasado con un deje nostálgico.

Reconozco que fui de los que, en un principio, empezó a interesarse más por la letra de la canción que por la música en sí misma. Quizás esa es la razón por la que empaticé antes con la música cantada en castellano que con la anglosajona. Obviamente, con el paso de los años, fui descubriendo todo un mundo fuera de nuestras fronteras, prestando especial atención a la música de raíces anglosajonas, pero creo que es sano y justo reprobar esa tendencia tan española, tan pretendidamente esnob como provinciana,  de renegar de lo nuestro.

Hace un par de semanas Juan Puchades, director de la Revista Efe Eme, y Julio Valdeón Blanco, colaborador habitual de la revista, elaboraron una lista de diez canciones esenciales dentro de las dos obras cumbres de Andrés Calamaro, “Alta suciedad” (1997) y “Honestidad brutal” (1999). En esta selección de canciones me reencontré con tres de mis canciones predilectas dentro del amplio repertorio del argentino: “Crímenes perfectos”, “Con abuelo” y “No tan Buenos Aires”. Las tres se reprodujeron en ese mismo orden, pero me detuve especialmente en “No tan Buenos Aires”. La hice sonar una y otra vez. No es una de las canciones que más he escuchado durante los últimos años, pero sí una de las más importantes desde que fui consciente de la magia que podían esconder unos cuantos acordes rotos. Intuyo que sería un domingo al mediodía, yendo a comer al pueblo de mi padre, una de las primeras veces que escuché esa dylaniana canción de 7 minutos y medio repleta de poderosas imágenes que parecen remitirnos a la Argentina del menemismo.  Una colección de imágenes que desde muy pequeño me hicieron sentir cierta debilidad por Buenos Aires y, dadas sus referencias a la Bombonera, incluso por Boca Juniors. Porque Buenos Aires siempre será para mí ese “No tan Buenos Aires” donde el romanticismo se opone al materialismo, o al menos hasta que tenga la oportunidad de ir y comprobar la verdadera realidad. Aquellos cassettes que le había regalado a mi madre su profesor de pintura contenían piezas como “Te quiero igual”, “Clonzepán y circo”, “Son las nueve” o “Paloma”. Pronto algunas de ellas se convertirían en imprescindibles himnos familiares que todos en el coche deseábamos escuchar; himnos que de algún modo empezaban a definirme en ciertos aspectos, y a presagiar que la música sería un elemento esencial en mi adolescencia. Por otro lado, todavía se mantenían por aquel entonces las grandes narrativas que solían rodear a los artistas, ese irremediable y tan necesario misterio que nos producían figuras como la de Calamaro. Nunca había visto una fotografía suya, más allá de la portada del disco, ni era conocedor de sus numerosas polémicas. Probablemente entonces mi inocencia, esa inconsciencia que en ocasiones tanto añoro, me permitía centrarme más en sus canciones.

Meses antes de descubrir la música de Antonio Vega había empezado a ser consciente de la íntima conexión emocional que era posible establecer a través de algunas creaciones artísticas. En el año 2004 Antonio Vega había publicado “Escapadas”, un álbum donde se recopilaban algunas colaboraciones que Antonio había hecho a lo largo de su carrera junto a otras exclusivas de este disco recopilatorio. El recopilatorio no era en ningún caso sublime, y tenía una apariencia comercial más que manifiesta, pero incluía aun así momentos de gran belleza, como la versión de “Como hablar” junto a Amaral o una interpretación muy especial del “Agárrate a mí, María” de Enrique Urquijo. No obstante, el corte que más llamó mi atención al escuchar el disco fue el último. Se trataba de una canción titulada “La carretera”. Obviamente, yo no había reparado en aquel momento en que aquellas canciones no habían sido escritas por Antonio. La canción, acompañada por el piano de su fiel escudero Basilio Martí, es un recorrido por los sentimientos contrapuestos de un artista en la carretera. La segunda mitad de la canción me pareció desde el primer momento absolutamente mágica, especialmente desde el momento en que empieza a reflexionar sobre el valor de sus autógrafos para concluir después con una última estrofa estremecedora. Después de unos meses me enteré de que la canción había sido compuesta por Hombres G a mediados de los ochenta. Aquello fue un gran fiasco. No pude escuchar más de cuarenta y cinco segundos de la canción de Hombres G, así que decidí que internamente le concedería la autoría a Antonio Vega para siempre. Justo en aquel momento Antonio volvía con material nuevo. No sé cómo accedí a “3000 Noches con Marga” (2005), pero puede que fuese a través de una entrevista de Santi Alcanda a Antonio en la Revista Efe Eme. Pronto el álbum apareció también por el coche. Antonio había facturado con canciones como “Pasa el otoño”, “Caminos infinitos” o “Te espero” un álbum esencial en la historia del pop-rock español y yo no podía aguantar más sin asistir a uno de sus conciertos.

En 2007 Nacha Pop anunció su vuelta a los escenarios. En julio de ese mismo año yo había viajado a Canadá, y a la semana de llegar tuve que acudir de urgencia al hospital aquejado de una gastroenteritis. Mientras esperaba al doctor tumbado en una de las camillas recibí un mensaje de texto de mi hermano con la noticia soñada: teníamos entradas para ver a Nacha Pop en el Palacio de los Deportes. Habría que esperar hasta el 26 de octubre, pero la gastroenteritis había pasado entonces a un segundo plano. Me impactó verle aparecer sobre el escenario aquella noche, tan cabizbajo, visiblemente encorvado y con el aspecto desaliñado que tristemente le caracterizó durante los últimos años de su vida. Cuando escuché sonar el arpegio de “Antes de que salga el sol” y unos segundos después la sorprendentemente nítida voz de Antonio emergió con una delicadeza marca de la casa, su apariencia descuidada se volvió también secundaria.  Fue el primer concierto de los cientos que han venido en los próximos años, y me alegra saber especialmente que fue para ver al superviviente y maldito Antonio Vega, ese chico triste y solitario que nos dejaría un 12 de mayo de 2009.

Viví un otoño de emociones fuertes, pues una semana después, el 2 de noviembre, había planeado viajar con mi hermano a Zaragoza para ver a Quique González presentar “Avería y redención #7” (2007) en la Sala Oasis. Quique González, por motivos que todavía me cuesta explicar y que me gustaría algún día plasmar en un texto, ha sido el artista que más a fondo he escuchado desde que me di cuenta de que, definitivamente, la música suponía un pilar trascendental de mi existencia. Durante unas vacaciones mi hermano había venido a pasar unos días a casa, y me comentó que el tal Quique González acababa de publicar un disco recopilatorio en directo. Su nombre me sonaba familiar: desde hacía un par de años o tres mi hermano había escuchado mucho sus discos, y, cómo no, también sonaban con frecuencia en el coche.  A decir verdad, creo que el verano anterior ya había estado escuchando mucho una canción que se llamaba “Día de feria”, y otra titulada “Rompeolas”. “Ajuste de cuentas” (2006), el recopilatorio en directo, me atrapó desde el primer momento. Curiosamente conecté muy pronto con la mayoría de las canciones del álbum. La razón era simple: muchas de ellas habían sonado años atrás durante muchas noches antes de acostarnos o, en su defecto, recién levantados. Un fin de semana, cuando todavía no había acabado su bachillerato, mi hermano viajó a Madrid para el concierto de presentación de “Kamikazes enamorados” (2003), el primer disco que Quique se había autoeditado. Allí compró ese disco, que contaba con la colaboración de su novia, la cantante Rebeca Jiménez. Rebeca había sido además musa e inspiración de la mayoría de las canciones del disco. Una vez llegó, el verdoso cedé de “Kamikazes enamorados” se mantuvo dentro de la mini-cadena de nuestra habitación unos cuantos meses.

Cuando aparentemente me había hecho con todos los discos de Quique, me di cuenta de que había una canción, la de “Starsky y Hutch” (desconocía entonces su nombre real), que no aparecía en ninguno de sus discos. La recordaba como una canción de aires festivos, de barrio,  rítmica y bailable, y una de las que más había escuchado durante esos meses monotemáticos.  Por fortuna, la canción de “Starsky y Hutch” existía, aunque en realidad se titulaba “Palomas en la quinta” y formaba parte justamente de ese preciosista “Kamikazes enamorados”. Fue especial volver a escuchar esa canción juntos hace unos meses en La Riviera. Los dos recordábamos perfectamente el lugar donde había empezado todo.

Me invade en estos días de tránsitos la sensación de estar recuperando algunas de las canciones que quizás sembraron en uno la semilla de un tipo de afectividad, no solamente musical, de la que será difícil desprenderse. Canciones que empezaron incluso a moldear cierta perspectiva a la hora de afrontar un obstáculo o de reflexionar acerca de realidades cotidianas. A su vez me cuestiono si esta acumulación de recuerdos se vuelve inexorable con el paso del tiempo, si nuestra capacidad enciclopédica en lo que se refiere al almacenamiento de trances y fragancias musicales es ilimitada, infinita. Diviso con resquemor esa idea, tan propia del irreflexivo pragmatismo vigente,  de que el transcurso de los años nos hará más insensibles, irremediablemente indolentes.

Yo, desde una inocencia que aspiro a mantener siempre viva y desde el romanticismo en el que ellas mismas me educaron, confío plenamente en que esas canciones, de ayer y de hoy, nos volverán a salvar mañana. En unas horas aterrizo en Nueva York y todavía me debato entre varias canciones para decidir cuál sonará finalmente mientras pise por primera vez suelo neoyorquino. Sea cual sea, confío plenamente en que esa canción me volverá a salvar mañana. Hasta ahora, pocas veces me han fallado.

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Apuntes desde el Medio Oeste (I)

Artículo originalmente publicado en Fronterad (2 de noviembre de 2013)

Apenas han pasado dos meses desde que me trasladé a un pequeño pueblo del  Midwest, en el estado de Minnesota. Trabajo como Spanish Language Assistant en Carleton Collage, además de estudiar una asignatura cada trimestre como part-time student. Cada día dedico un mínimo de tres horas a enardecer los deseos de hablar español de los estudiantes. No es tarea fácil esclarecer los anhelos que sobrevuelan las mentes de los hijos de la clase alta -y fervientemente demócrata- estadounidense. Como proyecto de sociólogo y politólogo, dudo que en el futuro tenga una oportunidad de realizar tantas horas de observación participante como ésta. Hemos debatido sobre algunos de los cleavages políticos de la historia reciente de Estados Unidos, como son la cultura de las armas o el aborto, o sobre asuntos más cercanos para los estudiantes, como el debate sobre la libertad de expresión en las universidades, o acerca de la idoneidad de introducir ciertas cuotas para las minorías en los procesos de admisión a las universidades. Aun así, uno siempre encuentra dificultades para entender la lógica interna que guía a un país repleto de contradicciones. Pero no todo es acervo político e intelectual. La falta de interés por parte de los estudiantes, generalmente asociada a la falta de de horas de sueño –la mayor parte asegura que duerme cuatro o cinco horas de media debido a la carga de trabajo-, me ha llevado a recurrir a juegos de infancia como Tabú o ¿Quién es quién? para rellenar espacios en los que la conversación se tercia imposible.

Durante algunas semanas también trato de ayudar a los estudiantes de los niveles más avanzados de español con sus ensayos. Las asignaturas suelen gozar de un temario bastante específico, y en algunas ocasiones se vislumbran perspectivas razonablemente subversivas. Una de las peculiaridades de los Liberal Arts Colleges es, además del reducido tamaño de las clases y de la continua interacción profesor-alumno, la variedad de asignaturas impartidas, así como el hecho de no tener que escoger tu major (grado, en términos Bolonia) hasta el final de tu segundo año. La idea resulta en un principio muy atractiva: dos años –seis trimestres en este Collage- de universidad en los que, además de poder degustar diversas disciplinas, tienes la oportunidad de adquirir un conocimiento manifiestamente holístico. Sin embargo, me surgen dudas acerca de su viabilidad cuando algunos me confiesan sus dificultades para entender las ideas que encierran sus lecturas. Moishe Postone reinterpretando a Marx, David Harvey exponiendo su teoría del desarrollo geográfico desigual o la cuestión posmoderna según Judith Butler son algunas de las materias sobre las que tienen que reflexionar. Si a la dificultad obvia que supone el idioma le sumamos una posible falta de background en teoría sociológica, el resultado es, a priori, bastante incierto. No quiero posicionarme todavía sobre este tema, porque no conozco exactamente los requisitos para poder acceder a estas clases avanzadas de español, más allá del requisito lógico del idioma, pero trataré de averiguarlo con más exactitud.

No quiero con estas dudas dar a entender que el hermético planteamiento de la universidad en España, prácticamente desprovista de vasos comunicantes entre las humanidades y las ciencias y con unos planes de estudio (a menudo; es peligroso e injusto generalizar) obsoletos o mal estructurados, sea el modelo a seguir. Y, en cualquier caso, si hay algún tipo de desfase, prefiero que sea por exceso que por falta de exigencia, y más cuando estamos hablando, como en este caso, de estudiantes de probada excelencia académica. Independientemente de esto, el hecho de que un estudiante de química encuentre relevante y formativo una asignatura titulada Culture and Politics in India o de que un futuro ingeniero informático valore la importancia la teoría sociológica clásica no puede hacer más que entusiasmarme. Por otro lado, los estudios en Ciencia Política o Relaciones Internacionales son de los más demandados. No desaría caer tampoco en lugareñas y manidas comparaciones entre cualquier país extranjero, en este caso Estados Unidos, y España, tan en auge en nuestros días. Porque ni los españoles somos muy tontos, ni el resto muy listos. La cuestión creo que es, por una vez, relativamente sencilla: la estructura da pie a que la clásica dualidad letras-ciencias se rompa, generando que este tipo de razonamientos, patrocinados por inteligentes preguntas como “¿Y eso para qué sirve?” o “¿Pero cómo te vas a ganar la vida?”, se vengan abajo por su propio peso. En España, en cambio, la estructura todavía no lo permite. Perdonen el sesgo institucionalista en el último razonamiento.

En el próximo artículo pretendo profundizar más en el tema de las matrículas, y especialmente en los 58.149 dólares anuales que un estudiante paga por estudiar en esta universidad. Aparentemente, existe un sistema de becas, pero todavía no conozco con certeza su funcionamiento y cuantíaHe preguntado a diferentes profesores sobre este asunto con respuestas bastante contradictorias. En este enlace aparece información relevante con respecto a este tema, pero desconozco la fiabilidad de la fuente.

La verdad es que no sé cómo he acabado escribiendo este batiburrillo sobre asuntos tan tediosos. En un primer momento sólo pretendía justificar mi ausencia durante los últimos dos meses, alegando que mi repentina llegada (con fecha de caducidad) al mundo laboral me había mantenido algo alejado de ciertas costumbres. Las canciones, en cambio, adquieren durante este tiempo una resonancia y un colorido del que probablemente no podrán desprenderse jamás, y ese es el segundo motivo por el que empecé a trazar este caótico retrato, con la intención de compartir algunas de esas canciones. Martha Nussbaum, el First Avenue, las Twin Cities y demás tendrán que esperar a próximas entregas.

Es la una de la madrugada, y camino hacia casa después de un concierto. Una luz anaranjada emerge desde la ventana de una casa, y las sombras de cuatro personas se proyectan en el exterior con una sinuosidad lo suficientemente turbadora para causarme cierto escalofrío. De repente me encuentro inmerso en uno de esos cuentos gélidos y minimalistas de Raymond Carver, y siento que no debo seguir describiendo la escena, porque Raymond ya lo ha hecho por todos nosotros en infinidad de ocasiones. Sólo viviré aquí durante un año, pero más allá de poder vestir botas camperas, en noches así me pregunto cómo era este lugar hace 50 años, o cómo serán las sombras que surgen hoy tras la ventana dentro de 70 años. Y si a Carver le volvería a interesar retratarlo. Mercedes Álvarez, en El cielo gira, aportó hace tiempo algunas claves.

Ben Kweller. Genio, no; enamorado

Artículo originalmente publicado en Fronterad  (2 de septiembre de 2013)

Cuando en el año 1996 los miembros de Radish grabaron “Dizzy” (autoeditado, 1996), su segundo álbum, parecían dispuestos a romper moldes. Hasta entonces, este emergente trío adolescente de punk-rock con base en Greenville, TX -lugar al que también cantaba una de nuestras damas, Lucinda Williams, en su aplaudido “Car wheels on a gravel road”(Mercury/Polygram, 1998)- se conformaba con autoeditar aquellas inmediatas piezas que, con aparente sencillez, iban irrumpiendo durante los (siempre) insuficientes recreos: la independencia y el anhelado éxodo que llegaría durante los últimos años del high school eran todavía una quimera, pero las soporíferas -o productivas- clases de química, los litigios en torno al primer beso o la espinosa carrera por hacerse con Charlotte, la niña más agraciada de la clase, suponían coyunturas ideales para hacer del escapismo un arte. Porque ya entonces, para Ben Kweller, cantante y guitarrista de Radish, las canciones eran una simple forma de escapismo. Aunque, a decir verdad, no sería tanto la cobardía de no afrontar sus problemas, sino más bien la entelequia de los mismos.

El padre de Ben Kweller había crecido en Maryland junto al músico Nils Lofgren -acompañante de Bruce Springsteen en discos de estudio como “The Rising”(2002) o “Magic”(2007) y miembro intermitente de su E Street Band desde 1984, además de partícipe de discos tan emblemáticos de Neil Young como “After the goldrush” (1971) o “Tonight’s the night” (1975) y artífice de una para nada desdeñable carrera en solitario-, y a él enviaron las canciones de “Dizzy” para cotejar si podría hacer valer su auctoritas. Roger Greenawalt, que ejercía en aquellos días tareas de producción para un álbum de Lofgren en solitario, facilitó a los chicos de Radish un estudio donde registrar algunas de sus canciones más recientes. Después de percibir muestras de interés por parte de diferentes discográficas, se decantaron por Mercury Records para publicar “Restraining bolt” (1997). A raíz del lanzamiento de este trabajo, respaldado por primera vez por un sello discográfico, pudieron ofrecer numerosos conciertos en Inglaterra, como teloneros de Faith No More y tocando en el escenario principal del Festival de Reading en 1997, o aparecer en programas ilustres de la televisión estadounidense como The Weird Al Show o en el talk show nocturno de David Letterman.

(Sobre la historia de esta precoz formación de instituto firmaba el periodista americano John Seabrook un explicativo artículo el 7 de abril de 1997 en el glorificado The New Yorker).

No obstante, pese a que la acogida de “Restraining bolt” había sido muy positiva, la absorción de Mercury Records por parte de una multinacional significaría su marcha del sello. Un hecho que se sumaba a las divergencias –vitales y musicales– entre John David Kent, batería que había acompañado a Kweller desde sus inicios, y Ben Kweller; el primero se sentía más atraído por la idea de permanecer en Texas para montar un estudio de grabación y componer sus propias canciones, mientras que el segundo se mostraba cada vez más decidido a irse a vivir a Nueva York junto a Lizzy, su eterno idilio adolescente. Aquella sugestiva banda de instituto descendiente directa del punk-pop de espíritu juvenil que habían inspeccionado en los primeros noventa grupos como Weezer, o del simbólico grunge de los Nirvana de “Nevermind” (1991), había llegado a su fin.

A pesar de la experiencia que le había proporcionado a Ben Kweller su etapa con Radish -en lo musical, y en los tejemanejes de la industria-, cuando el músico nacido en San Francisco se instaló junto a su novia en un pequeño apartamento del barrio neoyorquino de Brooklyn todavía no había cumplido los 20 años. En ese mismo habitáculo Ben grabó en su ordenador su primer epé, “Freak out, It’s Ben Kweller” (autoproducido, 2000), que le sirvió no sólo como carta de presentación para poder ofrecer una serie de conciertos en solitario, acompañado de su guitarra acústica, y utilizando ocasionalmente la armónica y el piano, sino también para, como consecuencia imprevista, atraer la atención de Evan Dando, líder de The Lemonheads, que le invitaría a abrir algunos de los conciertos de su banda. Algo similar sucedió con Jeff Tweedy, cara visible de Wilco, al que Ben acompañaría a principios del año 2000 en una gira de Tweedy en solitario por la costa este de los Estados Unidos.

En 2001, Kweller pasaría a formar parte de ATO Records, donde publicó, dentro del epé “Phone Home” (ATO Records, 2001), sus primeras canciones en solitario con el apoyo de un sello. Acto seguido lanzaría su primer largo, “Sha Sha” (ATO Records, 2002), una combinación de composiciones inéditas y nuevas aproximaciones a canciones recogidas en “Freak out, It’s Ben Kweller”. “Sha Sha” muestra un sincero compendio delbackground musical del pipiolo Kweller. Por un lado, el principio de How it should b (Sha Sha) podría considerarse un homenaje a John Lennon, hasta el momento en que tuerce hacia el power-pop, mientras que gracias a las incisivas guitarras de No reason vuelve a planear de nuevo la sombra de Weezer en el universo Kweller. No obstante, es en cortes como  Walk on me o Lizzy donde más cómodo se encuentra Ben, y en los que desprende con mayor ingenio su irreverente espontaneidad; de hecho, ambas esclarecen formatos de canción que han venido siendo habituales en discos más recientes, como en el homónimo“Ben Kweller” (ATO Records, 2006) o en su último trabajo, “Go fly a kite” (The Noise Company, 2012). En Walk on me desvela con naturalidad sus dotes para el power-pop, con una interpretación apasionada y una mirada todavía algo ingenua y combativa. Coincide en espíritu con la nostálgica Run, el alegato optimista de Penny on the train track,  o la springstiana Jealous Girl: crónicas para ser cantadas que parecen adquirir más sentido que nunca con su luminosa voz como testigo. Lizzy, en cambio, se emparenta con baladas como Thirteen, On my way o Sundress. Thirteen es, probablemente, una de las canciones más especiales -además de un homenaje evidente a Big Star- de su repertorio, al reconstruir en poco más de cuatro minutos su prematuro romance con Lizzy desde que, con tan sólo 13 años, comenzaron a compartir aventuras hasta el momento en que escribió esta canción, a los 26 años.

Y es que gran parte de su obra voltea alrededor de una narrativa bastante primitiva: la evasiva a la imposición de la realidad en las relaciones en las que el joven fevoroso e inequívoco cree haber descubierto el amor más diáfano en aquella chica de atractivo crepuscular. Emociones confeccionadas a medida para acompañar a los cincos adolescentes de American Graffiti  (Geroge Lucas, 1973), que se refugiaban entre las chicas, los coches, el rock’n’roll y la luz anaranjada de los neones del Mel’s Drive In enel último verano de 1962Unos días de verano que, por mucho que les cueste asimilar, jamás regresarán, salpicados por la incertidumbre de un futuro -el de las responsabilidades- incierto, sí, pero ya no tan remoto. Y unas historias que, como en Ferris Bueller’s Day Off (John Hughes, 1986), donde el simulado padecimiento de Ferris Buller (Mathew Broderick) una mañana lectiva permite a éste disfrutar junto a su novia (Mia Sara) y su mejor amigo (Alan Ruck) de un día de ensueño en la ciudad de Chicago, tienen bastante que ver con la vacilación del qué queremos y qué seremos, o incluso más bien con la postergación de cuestiones de este tipo.

Richard Linklater es un cineasta que ha profundizado en sensaciones -por no decir sentimientos- muy próximos a los que puede evocar la música de Ben Kweller. Con unos planos cada vez más vaporosos y una escritura casi siempre sugerente ha ido construyendo su filmografía, acentuada comercialmente por la trilogía protagonizada por Céiline (Julie Delpy) y Jesse (Ethan Hawke) que comenzó en 1995 con Before sunset y ha terminado este mismo año con el estreno de Before midnightCuriosamente, antes, en 1993, el director también había retratado, como George Lucas veinte años atrás en la mencionada American Graffiti, el último día de instituto de unos adolescentes en 1976. En su última película, Before midnight (2013), persisten las escenas cotidianas cargadas de simbolismo y profundidad, pero, en cambio, su hasta entonces idílico (e imposible) amorío choca con la realidad de la vida en pareja: los hijos, los viajes, los celos, las ambiciones laborales. Puede que Linklater se haya percatado a raíz de su último filme de que, a menudo, distinguir entre el amor y la amistad es irremediablemente complejo. A Ben Kweller, después de seis largos en solitario, parecen no importarle demasiado esas digresiones. Y no le vendría mal, ya que después habernos repetido la misma historia una y otra vez, podría haber llegado la hora de ir un poco más allá, de investigar en dominios ajenos; después de tantos años, parece difícil. Quizás para entender su prudente postura deberíamos citar al poeta suicida Chusé Izel, como Jonás Trueba -por cierto, de exquisito gusto también musical- hacía recientemente en esa magistral cinta titulada Los Ilusos (Jonás Trueba, 2013):

Puede que me equivoque, pero existe un momento en la vida, sólo un momento, en que somos conscientes de que somos genios o enamorados. La cuestión es sencilla, ridícula. O una cosa u otra, imposible ambas. Y cuando ese momento llega tenemos la vaga certeza de que arrastraremos nuestra carga, sea la que fuere, hasta el final de los días. Yo superé ya el momento. Sé que nunca alcanzaré las cimas de la genialidad y, lo más abrumador, acongojante aún, sé que el momento del amor se escurrió entre mis dedos para siempre. Así, ni tengo nada ni espero nada. 

Porque Ben Kweller, como probablemente Jonás Trueba y tantos otros outsiders, es un eterno enamorado, y resulta esa condición tan auténtica que quién quiere genios, para qué.

Phosphorescent “Muchacho” (Dead Oceans, 2013)

Artículo originalmente publicado en Fronterad (8 de agosto de 2013) 

La historia que antecede al singular último álbum de Phosphorescent, apelativo tras el que se oculta Matthew Houck, será de sobra conocido por sus seguidores más ávidos: desde Estados Unidos, las reseñas aparecidas en publicaciones especializadas como Pitchfork oNo Depression, o, en nuestro país, la entrevista concedida a la revista Rockdelux, a raíz de su actuación en el Primavera Sound 2013,  legitiman que nos traslademos a la delicada coyuntura personal del artista subsiguiente al desenlace de la prolongada gira de “Here’s to Taking It Easy” (Dead Oceans, 2010).

A un plan urbanístico que le dejaba fuera del estudio de Brooklyn donde acumulaba infinidad de preciados instrumentos, se sumaban en aquel momento la ruptura con su pareja  y una alarmante deriva autodestructiva, alentada, según reconoce el propio artista, por un consumo de drogas y alcohol cada día más insostenible. Un cóctel que podría haber resultado fulminante de no haber emergido Muchacho’s tune, un conmovedor vals situado en el ecuador del álbum donde el siempre sugerente pedal steel,  un piano de  discretas melodías y la particular sobriedad de los vientos sirven de escenario perfecto para que Houck, sin complejos, se arrepienta de decisiones del pasado (“I’ve been fucked up / and I’ve been a fool”) y explicite su congénita aprensión de los últimos tiempos (“See I was slow to understand / This river’s bigger than I am / It’s running faster than I can / Tho, Lord, I tried”).

Sin embargo, la repercusión de la canción no reside tanto en el cíclico sentimiento de culpa  -inevitable la digresión en días como estos, en los que Max Weber y la ética protestante es, para todólogos y demás representantes de la opinión pública, causa y consecuencia de infinidad de hechos sociales-, sino en el afán redentor de algunos de sus versos (I’ll fix myself up. To come and be with you / Aw now, mama, here I stand / Mama, reaching for your hand”); una canción, en definitiva, que le serviría como punta de lanza para escapar de esa demoledora dinámica en la que se había visto sumergido. Por fortuna, el retorno de la capacidad creativa y compositiva de este afable treintañero, curtido en la popular escena musical de Athens (Georgia) y afincado en Brooklyn, era un secreto a voces felizmente inminente. Esos ritmos pausados y a la vez hipnóticos que, junto a una voz de diáfano efecto ansiolítico y cadencia quebradiza, convergen en su bello y torturado mundo interior estaban de vuelta.

Tras este punto de inflexión, una semana en Tulum, al sureste de México, apartado del trajín de la ciudad y de vacuas distracciones, le valdría para reafirmarse en la senda inevitablemente emotiva, confesional y tímidamente sórdida que había inaugurado conMuchacho’s tune. Así lo plasmaba en una reciente entrevista concedida a la revista Rockdelux: “Entonces decidí ir a México para intentar concentrarme en hacer canciones similares a esa, y allí recuperé el entusiasmo de nuevo”  (RDL, julio-agosto 2013).

Pocos meses hicieron falta para que su particular proceso de redención culminase, y con ello los diez testimonios sonoros que conforman su sexto largo, “Muchacho” (Dead Oceans, 2013). Desde que el vinilo empieza a girar sobre la aguja, y las voces celestiales de Sun Arise! hacen acto de presencia, uno empieza a sospechar que lo que tiene entre sus manos va más allá de ser otro disco más de Phosphorescent. Si bien es cierto que entregas como “Pride” (Dead Oceans, 2007) o “Here’s to Taking It Easy” (Dead Oceans, 2010) le habían aupado ya a un lugar privilegiado dentro de esa -ya no tan nueva-  ola decrooners norteamericanos nacidos entre la década los setenta y los primeros ochenta, sus obras anteriores no presentaban la impenetrable metafísica -no sólo a nivel instrumental y de producción, sino también de espíritu- que revierte notoriamente en “Muchacho”. Su parentesco musical con estos artistas, como Will OldhamDamien JuradoM. Ward oAndrew Bird, a menudo embajadores de una miscelánea de géneros que van desde laamericana hasta el folk tradicional o el indie-rock más actual, continua aún vigente; no obstante, a lo largo de estas nuevas canciones irrumpen, embadurnadas de ponderada solemnidad, aristas inéditas, como la inclusión de refinados sintetizadores en Sun Arise! oSong for Zula, que congenian con sorpresiva espontaneidad en esta última con el pedal steel, desplazando así la canción de los asuntos humanos a los divinos. Probablemente seaSong for Zula uno de los cortes más deliciosos del año dentro del género que nos concierne: una desgarradora travesía por las ineludibles consecuencias del amor. (No entiendo por qué, ya que no tienen demasiado en común, pero me remite a “While you where sleeping” de Elvis Perkins; por cierto, qué habrá sido del bueno de Elvis). En el primer verso, Matthew Houck parafrasea las convicciones de Johnny Cash en “Ring of fire” (“Some say love is a burning thing / That it makes a fiery ring”) para exponer después las suyas (“See, honey, I saw love. You see, it came to me / It put its face up to my face so I could see / Yeah then I saw love disfigure me / Into something I am not recognizing”).

Dentro de toda esta tremendista apariencia, de trascendentalismo incesante, hay lugar también para la liviandad de canciones como Ride on / Right on, de la que sobresale una rítmica galopante y las voces suenan más atrevidas que nunca: hasta que desde el atrevimiento dilucida aproximarse hacia un escenario más sombrío, donde la dicción comparece insinuante (“But take your greedy hands, lay them on me / But take your greedy hands, lay them on me”). A Charm / A Blade se mantiene fiel al calibrado organicismo que había procurado en su disco anterior, “Here’s to Taking It Easy”, con una ambivalencia llamativa en lo que se refiere a la estructura: el comienzo, prácticamentea capella, evoca a la vertiente más onírica de Fleet Foxes, más adelante los vientos irrumpen y gimotean risueños. En The Quotidian Beasts Houck y su séquito dan rienda suelta a sus emociones, recordando en su interpretación al malogrado e ingenioso Vic Chessnut.

Es la temporada estival una buena época para profundizar en los diferentes discos, libros, series o películas que a lo largo del año hemos ido dejando aparcados; “Muchacho” era para mí uno de esos discos. También lo era Luther, una serie británica producida por la casi siempre pertinente BBC,  y cuyo protagonista, John Luther –Idris Elba, o Stringer Bell en The Wire– es un policía especializado en crímenes violentos de la ciudad de Londres. John, mucho más complejo y afectivo de lo que puede parecer en un primer momento, encuentra en su trabajo un arma de doble filo: su trabajo (extra)policial le ocasiona un sinfín de frustraciones, y son éstas las que le incitan a seguir adelante, no sólo en sus casos, sino también en su vida. En uno de los capítulos, un John absorto se asoma sobre una cornisa en la azotea de un edificio, y le declara a uno de sus colegas: “¿Tú nunca haces esto? ¿Asomarte y pensar qué pasaría si caes?” 

Puede que muchos de los procesos de hundimiento y liberación que atraviesa John Luther a lo largo de la serie estén íntimamente relacionados con los que padecen personajes como Matthew Houck. Tanto la situación de John sobre la azotea, como la que precede a las canciones de “Muchacho”, fueron uno de esos instantes. Y es que, a pesar de haber reflexionado sobre qué pasaría si se dejan caer desde una azotea, se mantienen vivos. Probablemente más vivos que nunca. Quizás se trate de una cuestión de honestidad; de honestidad lírica, policial. De honestidad cotidiana.

La espontaneidad trascendental de Dawes

Artículo originalmente publicado en  El País – Blog La ruta norteamericana – (16 de julio de 2013)

En una entrevista concedida a la revista Rolling Stone unos meses antes de la salida de su tercer LP, Stories Don’t End (HUB Records, 2013), renegaba con ímpetu Taylor Goldsmith, líder de los californianos Dawes, de esa condición de banda revival de los setenta que muchos críticos musicales de su propio país les atribuyen. Quizás su propósito de buscar sonoridades más cercanas a nuestros días se traduce en la apuesta por Jacquire King (Tom Waits, Josh Ritter, Norah Jones) como productor de esta nueva entrega. Comprometida decisión, en todo caso, ya que supone prescindir del exquisitoJonathan Wilson, productor que capitaneó los dos primeros trabajos de los más que dignos herederos del rock de raíces norteamericanas, con especial resonancia al Laurel Canyon Sound. Seguramente algunos le recordarán —de melena larga tan setentera como su propuesta de voces angelicales y oníricas atmósferas— por Gentle Spirit (Bella Union, 2011), su inesperado, a la vez que asombroso, álbum en solitario; otros, los más afortunados, pudieron disfrutar de su actuación en el concierto de Wilco en el Teatro Circo Price a finales de 2011, en el que ejerció de telonero. Y es precisamente esa atemporalidad que aportaba Wilson en los dos primeros álbumes de Dawes la que ha hecho de ellos una formación singular y revitalizante, alejada sin duda de los nuevos posers; de algunos de los grupos actuales que, conocedores de las tendencias y licenciados en mercadotecnia, adulteran el rock de raíces norteamericanas con fines estrictamente comerciales.

Dawesdisco

Debemos recurrir a sus dos primeros discos para adquirir una visión global de su breve trayectoria. Dignos de mención son algunos medios tiempos, de perceptible idiosincrasia country-rock, como “Love is all I am” o “Take me out of the city”, de una elegancia sonora exclusivamente reservada para los elegidos: aquellos que, desde el trance melancólico más tonificante, arrojan historias sin mayor finalidad que la de servir como colofón, casi siempre amargo, a su particular proceso de redención. Seguramente una balada como “Oh well” reuniría sin mucho insistir aJackson Browne, Gene Clark y The Jayhawks en un escenario; o una crónica amorosa como “Million Dollar Bill” funcionaría como bonus track en una revisión de “After the goldrush”, aquella irrepetible colección de canciones que Neil Young publicó a la vuelta del verano de 1970. De estos dos primeros discos brotan historias de forma inagotable, que tan bien acompañan a uno en una sosegada tarde literaria de domingo, o en un veraniego road trip alrededor de los Estados Unidos.

No obstante, tal y como pretenden reivindicar con Stories Don’t End, su inspiración no se agota en los artistas del pasado. Y es que, aunque el influjo vintage de sus composiciones está fuera de toda duda, no se encuentran aislados en la empresa de situar el rock clásico en un espacio distinguido dentro del dilatado panorama musical actual. Radiaciones sonoras de naturaleza eterna que sobresalen gracias a la gracilidad de las armonías vocales y, especialmente, por la apariencia exultante de unos vaporosos estribillos de ascendencia pop. Las palabras revolotean como pájaros en preciosistas composiciones, como “A little bit of everything” o “My way back home”.

La mayor parte de los ingredientes que venimos mencionando regresan en esta nueva entrega. La épica y estética de la canción que inaugura el álbum, “Just beneath the surface”, nos remite hacia ambientes similares a los que podrían evocar otras piezas como “Fire away”, de su álbum Nothing is Wrong (ATO/Houston Party, 2011), o “Where my time comes”, perteneciente a North Hills (ATO Records, 2009), su debut discográfico, con progresiones y texturas que les aproximan a su esplendor compositivo hasta la fecha. Reaparecen también, con canciones como “Just my luck” o “Something in common”, sus cautivadores medios tiempos. Baladas en las que la guitarra telecaster del mayor de los Goldsmith  se recrea sin complejos en su sonido cristalino y orgánico, sin pretender tomar nunca demasiado protagonismo. Es en esos instantes de mayor vacío instrumental cuando los rasgados susurros de Taylor Goldsmith se complementan con el ingenio percutivo de su hermano pequeño, el baterista Griffin Goldsmith, alcanzando repentinos niveles de inspiración y redondez artesana. Seguramente, el esmero que disimula su indudable afinidad interpretativa, además de sus referentes y su pureza instrumental –guitarra, bajo, batería, teclados y hammond–,  les conduce a renegar del exceso de artificios. Prefieren deambular a sus anchas por el perímetro de la narración confesional, de la emotividad desacomplejada.

Aunque para algunos, y probablemente con parte de razón, es justamente el clasicismo de su imaginería poética y sonora, la escasa singularidad de sus estructuras, o las manidas historias de corazones rotos enfundadas en íntimas y llevaderas composiciones, lo que les hace excesivamente previsibles. Con “Stories don’t end”, como ya mencionábamos al comienzo del texto, se acomodan a medio camino entre la cercanía y humanidad que contagian sus letras, y una modernidad que, en el fondo y en la forma, parece todavía lejos de agotarse. Los sugestivos medios tiempos de músicos contemporáneos como Ryan Adams o Ray La Montagne, la épica prudencial de Band of Horses, o los a menudo introspectivos Low, son algunas de las referencias coetáneas más evidentes. En la mayor parte de los cortes del disco inspeccionan prototipos de canción que ya habían exhibido con anterioridad. Quizás ese tratamiento frugal que acostumbran a manejar de manera instintiva da paso ahora a una grandilocuencia en ocasiones algo artificial. Aun así, la acompasada “Most people”, “Stories don’t end” o “From the right ankle” están al nivel de los mejores Dawes. Los mismos que consiguieron llamar la atención de los asistentes más ávidos en el concierto de Jackson Browne en San Sebastián con motivo del Festival de Jazz de San Sebastián hace un par de veranos; los cuatro jóvenes de Los Ángeles acompañaron en el escenario al aclamado músico de origen alemán aquella noche. Las impresiones de allí extraídas se confirmarían meses después, cuando una mini gira de tres conciertos les trajo a Madrid, Valencia y Vigo.

Todavía no han anunciado su gira europea, aunque estarán en el End of the road Festivalde Reino Unido a finales de agosto. Veremos cómo avanza su carrera, tras haber sido apadrinados desde el principio por Jackson Browne, haber ejercido de teloneros de los aclamados Mumford & Sons y, más recientemente, de Bob Dylan; sin olvidar la colaboración que perpetraron junto a John Fogerty hace poco más de un mes en el programa de David Letterman. Interesante será ver el rumbo que toma su música, así como su proyección comercial, después de un continuista tercer álbum. Entre la generación que les precede no les faltan referentes a la hora de inclinarse por unos u otros senderos. Grupos con orígenes similares a los de Dawes, como My Morning Jacket o los glorificados Wilco, e incluso artistas como Will Oldham o Cass McCombs,  están construyendo consistentes carreras en las que combinan con destreza la tradición rockera, de aromas tradicionales, con un enfoque creativo más propicio para la experimentación. Sin embargo, independientemente del viraje que tome su discografía, sus canciones parecen destinadas a seguir haciéndonos trascender. Aunque sólo sea a unos pocos. Y eso es, desde mi humilde opinión, un valor en sí mismo; lo verdaderamente esencial.

Paisajes embriagadores desde la Tramontana

Artículo originalmente publicado en Fronterad (18 de junio de 2013)

Encuentro con Oso Leone, Teatro Lara, 6 de junio de 2013

Vídeo: Alberto García

Entrevista y texto: Luis Cornago

“River that flows, fire that burns, I am a fire to you, you are a river to me” exclama Xavi Marín, guitarrista y cantante de los mallorquines Oso Leone, en Alçaria, uno de los cortes más representativos de su segundo largo, “Mokragora” (Foehn Records, 2013). Parecen tener las ideas claras los baleáricos, a pesar de su corta trayectoria, y eso -hoy- tiene mucho que ver con una identidad en constante mutación: aquel folk progresivo que, amortiguado con retazos de la electrónica más etérea, purificaba su homónimo debut, ha pasado con esta nueva entrega a un segundo plano. O al menos, Oso Leone se adentran hogaño en sonoridades y estructuras  casi siempre alejadas de los patrones convencionales, es decir, de ese indie -mainstream- algo más que manido que monopolizará en breves la mayor parte de los festivales estivales del momento. Afortunadamente, el arrebato indie-folk que caracterizaba su primer trabajo no se ha extinguido por completo.

Desde que llamaron la atención de la crítica al proclamarse ganadores del concurso TalentoSOS 2012 -que les llevaría a actuar en la pasada edición del SOS 4.8.- comenzaron a situarse cómodamente en la estela de formaciones de folk contemporáneo, como Junip o Kings of Convenience. No obstante, para aproximarse a las minimalistas piezas que desvelan en “Mokragora” se precisa de un marco referencial bastante más dilatado, entre el respeto a la tradición y el atrevimiento de lo nuevo. Entre la guitarra acústica como vehículo ideal para exponer tu relato y los discos de tropicália o el post-rock. Devendra BanhartExplosions in the Sky Grizzly Bears son algunos de los nombres que cualquier iniciado podría tener en mente al escuchar sus discos. Sin embargo, cuando les preguntamos -les sugerimos algunos de los nombres anteriores- por una posible vinculación entre la evolución en sus influencias artísticas -no sólo musicales- y las paisajísticas y delicadas composiciones de “Mokragora”, ellos no lo ven tan claro. “A la hora de componer, creo que no lo tenemos mucho en mente; simplemente tocas y te dejas llevar. Claro que hay ciertas inquietudes que giran en torno a cosas que hacen otros que grupos, pero no es nada pretencioso o intencionado” declara Xavi.

“Simplemente, con el paso del tiempo las inquietudes cambian y te vas llenando de más cosas. Es que todo influye, claro. No sólo la música. Sí que ha habido un trabajo de establecer unos conceptos más concretos, con los que nos sentíamos cómodos a la hora de trabajar. Supongo que el cambio tiene que ver más con habernos centrado más en esos conceptos, y no tanto con que antes del primer disco escucháramos unos grupos, y ahora escuchemos otros totalmente diferentes” continúa. Y aunque es evidente que la urgencia cadenciosa y narrativa de canciones de su estreno discográfico como Falcó o Rebellionno se halla en otras más actuales, como la pelágica Cristantemo o la incisiva y desconcertante Clivia, los mallorquines consideran que sus avances tienen que ver más con una evolución natural e intuitiva, y que su derroteros no han variado de manera sustancial. “Sí, quizás el primer disco era más narrativo y este se abstrae mucho más: porque hay como un juego con la voz, que lo aproxima a un instrumento más. Además, la utilización de tanta reverb lo aleja mucho más de lo que sería una narración” explica de nuevo de Xavi.

El anarquismo lírico sonoro impera a primera vista en “Mokragora”. No se intuye así cuando prestamos atención a los distintos elementos: tanto la utilización de los silencios, como la melodía de la voz, como aquel loop que no consigues quitarte de la cabeza o esas guitarras contenidas (pecando de timidez en ocasiones), forman parte del entramado sonoro de esta banda, demostrando una madurez inusual en un grupo de su juventud; las canciones funcionarían probablemente con menos elementos, o en acústico, pero perderían su esencia holística. “La canción sin algunas de esas partes, no sería esa canción. Todo es realmente necesario” asiente su bajista, Euse.  Y es ese planteamiento holístico, de un álbum que funciona como un todo, una pretensión digna de apreciar en la época del auge de las playlist de Spotify, donde la canción es obligada a funcionar sin contexto. Los singles del siglo XXI, dirán algunos. Sí, pero sin romanticismo, atizarán los otros. Quizás ésta original deriva en su proyecto les hace menos accesibles, especialmente en términos comerciales. “Quien le da tiempo al disco, nota que no entra fácil, pero al escucharlo más veces va encontrando matices y valorándolo más” ratifica Paco Colombàs, uno de los pilares fundamentales de la formación, recreándose a menudo entre su Octapad, la guitarra y las oníricas voces. Xavi muestra también sus dudas acerca de estos conceptos: “Quizás por separado los temas no funcionan tanto (duda, ndr). También porque buscábamos más el sentido del disco como una única pieza”.

Tras finalizar nuestra entrevista alrededor de las seis de la tarde, cada miembro de la banda se dispone a hacer sus planes. Parecen tan rendidos -después de haber estado preparando el show desde primera hora de la mañana- como convencidos de que todo irá bien. En cuanto al concierto, poco que objetar, aunque algunos, entre los que me incluyo, echamos de menos el sonido límpido y atemporal de la guitarra española de Xavi, inherente a su primer disco, que sí sobrevoló el Teatro Lara en temas como Fire o Rain. Una cuestión de principios, seguramente. Y son estos, nuestros propios orígenes, nuestro inexcusable background, lo que nos hace valorarlos aún más.