NACHO VEGAS, Teatro Lara, Madrid, 3 de abril

Nacho Vegas

Reseña originalmente publicada en El Mundo de Tulsa (8 de abril de 2013)

Haré que el sol salga mañana desde aquí,
y por una vez seré la más bella ciudad,
y seré ballena en altamar,
y seré la noche al descender.
Y por una vez seré una luz y una canción,
y seré la esfera de un reloj que no tiene agujas.

“Reloj sin manecillas”, o un ineludible halo de esperanza dentro del turbulento universo que inunda la discografía  de Nacho Vegas.  Aparenta el gijonés, según el relato de “En mi nueva vida”, conocer el camino a seguir; sin embargo, todavía no es el momento. Y es que, aunque la propuesta actual de Vegas dista notablemente de la crudeza integral de trabajos como “Actos inexplicables” (Limbo Starr, 2001) y “Cajas de música difíciles de parar” (Limbo Starr, 2003), recurrir al cine de Mike Leigh no es casi nunca garantía de júbilo y alborozo, sino más bien de todo lo contrario: fotogramas de la realidad social más desalentadora, a través del relato exhaustivo de lo sombrío; familias disfuncionales, muy alejadas todavía de los anhelos postmaterialistas. Leigh, como si de un trabajo de campo se tratara, utiliza sus filmes como catalizadores de las vicisitudes propias de los desheredados, esa working-class británica sin recursos para descarriar el maldito tren que les dirige inexorablemente hacia el padecimiento.

“Sólo nos convertimos en quienes realmente somos mediante la negación radical de lo que han pretendido hacer de nosotros” afirmaba  el francés Sartre como arenga destinada a despertar en los obreros la voluntad de desclasarse;  aserción que funciona a la perfección para explicar la génesis  de los personajes propios de los complejos mundos de Leigh y de Vegas, o de otros coetáneos, como el director de cine finlandés Aki Kaurismäki,  o el francés Robert Guédiguian.

Mucho de lo anterior, salvando las distancias, lo encontramos en el arranque de la gira “La vida es dulce”, homenaje musicado a la filmografía  de Mike Leigh  realizado en colaboración con el Laboratorio de Creación Abycine. Con los músicos formando un semicírculo, y  el protagonista situado como uno más en el extremo derecho del tablado, comienza la velada. Se proyectan extractos de “Naked”, con un diálogo donde ironía y aflicción se entremezclan a partes iguales. Mientras, una canción instrumental inédita nos pone a todos sobre aviso: nada de estribillos pegadizos, nade de alegrías, la del miércoles iba a ser una noche difícil de digerir, de descarnadas melodías, de violonchelos punzantes, de dicción pausada y esquiva. Los músicos miran también a sus pantallas, colocadas de espaldas al público, para que ellos mismos se sientan parte de la historia. “Secretos y mentiras”,  una de la películas más aclamadas de Leigh y único tema que los espectadores habían podido escuchar ya en su versión de estudio, viene sellada por la estampa de Timothy Spall, encarnado en Maurice Purley, con el rostro desencajado en una lúgubre habitación, recriminando a las tres personas que más quiere el odio que se profesan. De fondo, la música continua, ejerciendo de giraluna en el extrarradio. “Todo o nada”, película del británico que da título a la canción, es uno de los mejores cortes adaptados para este homenaje, con el clarinete fúnebre y nostálgico del polifacético Abraham Boba, y un minimalista aderezo. Es también el propio Spall el que protagoniza la escena: se sincera ahora con su mujer (Lesley Manville), contra la que arremete por haberle dejado de querer. Después de una versión de “Échame a mí la culpa”, de Albert Hammond, con ecos al Nacho Vegas más fronterizo y un violonchelo de excepción, se hace notar sobre el escenario la particular magia del malogrado Daniel Johnston. Aunque ya había venido presentándola en directo durante el último año, “Ciudad vampiro”, inspirada en la canción del músico de culto estadounidense “Devil Town”, sigue sorprendiendo por la fidelidad de la crónica, un retrato integral de su ciudad, Gijón, que podría aplicarse a muchas de las ciudades (no sólo a las industriales) de nuestra época. De fondo, y como no podía ser de otra manera, Lesley Manville interpreta en la película más reciente del autor, “Another Year” (2010),  a una mujer quebradiza incapaz desde hace ya mucho tiempo de atinar su rumbo. Después vendría “Indefenso”, con la que pondrían punto y final al evocador homenaje al director de cine británico.

Tras un efímero parón, y una canción en solitario de Vegas acompañado de su guitalele, la banda al completo volvería para interpretar cuatro canciones del repertorio habitual del asturiano. Sonaron en este último tramo “Cosas que no hay que contar”, “La plaza de la soledad”, “La gran broma final” y, a modo de despedida, el reivindicativo himno “Cómo hacer crac”.

Iniciaba el texto haciendo referencia a una posible nueva etapa, más vitalista y luminosa, en la discografía de Vegas. Sin embargo, esos versos radiantes de la canción “Reloj sin manecillas” parecen no ir más allá de lo anecdótico. “Reloj sin manecillas” nos remite a su vez al título de la última novela que publicó en vida la escritora estadounidense Carson McCullers, retratista de excepción del deep south de los Estados Unidos de mediados del siglo XX. Y si nos adentramos en su literatura, donde el realismo más urbano es atenuado por una poética de lo más sugerente, y en su biografía, muy marcada por las enfermedades crónicas y una bisexualidad incomprendida -y perseguida- por la conservadora sociedad norteamericana de la época, no podemos más que retractarnos de nuestro argumento inicial. Este homenaje a Leigh no hace más que reafirmar el equívoco inicial. Nacho se encuentra cómodo en esa posición privilegiada, de la que seguramente reniegue,  de cronista urbano de las desdichas y adversidades contemporáneas. Con cada vez más adeptos, por cierto.

Sonando: The Rock of Ages  de Magnolia Electric Co.

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JOSH ROUSE, Sala Moby Dick, Madrid, 9 de marzo

Reseña originalmente publicada en El Mundo de Tulsa (12 de marzo de 2013)

GIFs: Íñigo Cornago (@ICornago)

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Josh Rouse ha vuelto, cuando muchas eran las voces que, tras una deriva creativa con visos de decadencia con “El Turista” (Bedroom Classics, 2010) y  “Josh Rouse and The Long Vacations” (Bedroom Classics, 2011), se mostraban reticentes a la idea de que el ingenioso músico estadounidense volviera a facturar álbumes del nivel de “1972” (Rykodisc, 2003) o “Nashville” (Rykodisc, 2005). Con “The Happiness Waltz” (Yep Roc, 2013) Josh transmite un bienestar inusual mediante un discurso congruente en el que parece decir adiós a la mayor parte de los problemas vitales, algo de agradecer en tiempos en los que la palabra bonanza (económica o no) nos remite a otra época.  Y es que Josh se agarra en esta última entrega a su familia, con la que vive en Altea desde hace unos siete años, para pronosticar un futuro estimulante (en “It’s good to have you”) y homenajear la cotidianidad de unos días, y un entorno, que (ahora sí) tienen veinticuatro horas. La vuelta de uno de los exponentes del pop más preciosista está muy vinculada también al retorno de Brad Jones (Ron Sexsmith, Yo La Tengo, Chuck Prophet) como productor,  con el que ya había trabajado en discos como “1972”, “Nashville” o “Subtitulo” (Nettwerk Records, 2006), el cual, tras haber producido los dos últimos discos de Quique González o “Tiny Telephone” (Mushroom Pillow, 2007) de los desaparecidos The Sunday Drivers, parece mostrar una querencia especial por España.

Era la del sábado una noche más de fútbol, y eso se hacía notar en el clásico bar irlandés situado junto a la Moby Dick. Poco debió importarles a Josh Rouse y su banda de acompañamiento, The Long Vacations, formada en esta nueva gira por dos de los músicos habituales de Alondra Bentley -a quien Josh Rouse ha producido su último disco, The Garden Room (Gran Derby Records, 2013)-, Chema Fuertes (guitarra y voces) y Cayo Bellveser (bajo y voces). Robert Di Pietro, antiguo acompañante de Norah Jones importado desde Nashville, se encontraba en la batería.

Su indumentaria (boina, camisa verde, y zapatillas Nike) admitía entrever que, desde la primera canción, la vecindad iba a ser, junto a la finura, su herramienta de distinción. El arpegio del principio de “A lot of magic”, con la que dio comienzo el concierto, establecía en que  parámetros nos moveríamos durante la siguiente hora y media: pop adulto, de aspecto liviano y melodías gráciles, especialmente en lo que se refiere a las canciones de su último disco, con un poder considerable para hacerte partícipe de esos estribillos de picnic en familia. Tras interpretar la vitalista “It’s good to have you”, llegarían dos corte más de “The Happiness Waltz” (2013), “This movie’s way too long”, muy en la línea de un disco como “Nashville” (2005), y “Julie (Come Out of The Rain)”, una de las canciones que mejor definen la  propuesta actual de Josh Rouse: si Crosby, Stills, Nash & Young se reunieran para grabar nuevas canciones, una canción muy similar a ésta podría ser su single.

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La banda sonó especialmente compacta a pesar de ser el tercer concierto de la gira, con especial mención a la elegancia y sobriedad de Chema Fuertes en la guitarra eléctrica. Con la irrupción de “It’s the Night Time”, con referencias al “Who Do You Love” de Bo Diddley incluidas y primera canción de la noche no perteneciente al último álbum, se hizo irrebatible que el público estaba disfrutando de la velada tanto como los músicos. “I will live on islands” revela la vertiente más tabernera y festiva de su discografía, a la que más tarde daría continuación con “Hollywood Bass Player”, si bien es cierto que ésta última recuerda más al country-pop de los últimos Fountains of Wayne, o al alt-country del trío de Minnesota Semisonic.

Conforme avanzó el concierto, pudimos disfrutar también de momentos más reposados, con la introspectiva y sutil “Flight attendant”, de “1972” (2003), o la insuperable “Sad Eyes”, probablemente la canción más redonda de toda su discografía, en la que las emociones afloran con una facilidad envidiable, escudadas en el sentimentalismo y la épica de un final del que uno no puede, por mucho que lo pretenda, no formar parte.

Después de despachar la mayor parte de las canciones de “The Happiness Waltz” (las últimas, “Simple Pleasure”, “The Happiness Waltz”, “Our Love” y “The Western Isles”), Josh Rouse y los Long Vacations tenían vía libre para ejecutar algunos de los temas que mejor funcionan en directo. Sonaron minutos antes del bis canciones como “Sweetie”, “Quiet Town” -su “Seven Nation Army” particular-, “Love Vibration” o “1972”. Canciones que a pesar de caracterizarse por la delicadeza, son a veces salpicadas por retazos del blue eyed soul, de Marvin Gaye,  e incluso de grupos de sonidos ambientales, como The Whitest Boy Alive, compuesto por, entre otros, Erlend Øye, cantante y guitarrista de Kings of Convenience.

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Después de un brevísimo descanso, tanto músicos como público todavía tenían fuerzas para más. Con “Sunshine” y “My love has gone” el de Nebraska demostró que en sus canciones las evocaciones y los sentimientos de dolor pueden ir (o no) más de la mano que nunca. Con “Winter in the Hamptons” y “Come back” se despedían de la capital, haciéndonos ver que no hacen falta pretenciosas puestas en escena ni utilitaristas distorsiones para hacer pasar a la espectadores una agradable noche de sábado. El saber hace de Josh Rouse y los Long Vacations es incuestionable,  así como su envidiable estado de forma.  Motivos de sobra por tanto para estar pendientes de sus próximos pasos. Ahora que lo tenemos tan cerca, no podemos dejarlo escapar.

Sonando: A Long, Cold Night in Minneapolis de Dead Man Winter

ELLIOTT BROOD, Sala Copérnico, Madrid, 14 de febrero

Reseña originalmente publicada en El Mundo de Tulsa (20 de febrero de 2013)

La primera gira de los canadienses Elliott Brood por el viejo continente determinó en gran medida la temática de las historias que se esconden tras su último trabajo, Days Into Years (Paper Bag Record, 2011), con el que recayeron en Madrid el pasado jueves.  Quizás los recuerdos y evocaciones de esa gira, y más concretamente de sus trayectos costeando las playas de Francia, devastadas por las invasiones militares durante el periodo de la Gran Guerra,  se han visto plasmados también en la madurez global de su último álbum. Esa madurez la encontramos en un sonido más homogéneo que en entregas anteriores, con una aproximación deudora más bien del folk-rock de raíces country que de la esencia bluegrass que desprendían las canciones de su primer EP, Tin Type (2004), o el alt-country de discos anteriores.

Tras un comienzo de velada ejemplar con la presencia sobre el escenario de The Baked Beans In Tomato Sauce Brothers,  emergente grupo madrileño de folk-rock de indudable exquisitez que se encuentra presentando su primer LP, In a stew (2012), recalaron sobre el escenario los  componentes de Elliott Brood, Mark Sasso (voz, guitarra, banjo, armónica y ukelele), Casey Laforet (voz, guitarra, ukelele y bass pedals) y Stephen Pitkin (batería, sampler y segundas voces). Con la primera canción, “Back of the Lost”, demostraron su capacidad para la creación de atmósferas oníricas, y su versado manejo de la épica, a través de una voz, la de Mark Sasso, completamente desgarrada, potente y repleta de matices. A partir de la segunda canción, “Lines”,  perteneciente a su último disco, y a pesar de los problemas técnicos que persistieron durante la mayor parte del concierto, todo fue más fácil: pocos Oh Oh Oh hicieron falta para meterse al (sorprendentemente joven) público de la Sala Copérnico en el bolsillo. Para homenajear a los hombres solitarios –loosers, dirán algunosdel día de San Valentín creyeron conveniente interpretar “Without Again”,  valiéndose además de la armónica y el banjo, que aportaban a la grabación que aparece en Mountain Meadows (2008) un colorido más folkie, vitalista y festivo.

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Después de haber atrapado a un público volcado y activo desde los primeros momentos del concierto, aprovecharon el ecuador para presentar algunas de las canciones más introspectivas de Days Into Years (2011), sin dejar de recurrir a esa épica que manejan sin caer en obviedades más que patentadas, esa que formaciones actuales, como Mumford & Sons, han menoscabado, haciendo de ella su bandera. Sonaron a partir de aquí canciones como “Hold you”, una de las que mejor representa el nuevo disco de Elliott Brood y la canción más completa del mismo, “If I Get Old”, de melodías gráciles y propósitos cercanos a las aproximaciones al pop de grupos como Blue Rodeo o The Mastersons, o “Lindsay”.

Tampoco el parón provocado por la avería del amplificador Fender de Mark pudo ralentizar el ritmo frenético que había decretado la banda desde el comienzo, incrementando todavía más la intensidad tras este paréntesis. Fue en esta última parte de la noche cuando Elliott Brood rindieron homenaje a sus orígenes, versionando “Old Dan Tucker”, canción popular norteamericana popularizada por Bruce Springsteen en “We Shall Overcome: The Seeger Sessions”(2006), y transportándonos con ella a cualquiera de las actuaciones de Lucia Micarelli, Steve Earle y tantos otros en la serie de televisión Treme, producida por la omnipresente HBO y dirigida por el afamado David Simon.  Después sonaron canciones como “The Valley Town”, con despliegue de ukeleles incluido, y “Write It All Down for You”, muy ideográfica de la vertiente más jovial por la que discurre la discografía del grupo (y el concierto en sí mismo), inteligentemente ubicadas como antesala del final glorioso y conmovedor que estaba por venir. “Miss you now” fue el adiós perfecto, en el que por un momento pareció asomar al escenario un Jeff Tweedy imberbe acompañado de Jay Farrar, o lo que es lo mismo, Uncle Tupelo. No fue así, y Mark, Casey y Stephen continuaron con lo que es su propósito hasta el final. Un propósito que definían así en la entrevista que David Moreu les realizó para la revista Ruta 66 (Febrero, 2013): “El espíritu de nuestros temas es muy simple y nos gusta escribir canciones que la gente pueda cantar y bailar”.

Sonando: Parece Mentira de Quique González

SIDONIE, La Riviera, Madrid, 15 de diciembre

Reseña originalmente publicada en El Mundo de Tulsa (20 de diciembre de 2012)

Después de más de diez años de andadura en los que han publicado seis álbumes de estudio y ofrecido infinidad de conciertos prácticamente en todos los formatos posibles, acudir a un concierto de Sidonie se ha convertido en una apuesta segura. Y es que a pesar de ser el último concierto de presentación de “El Fluido García” (2011), su último disco, el trío barcelonés (aunque acompañados durante toda la gira de un cuarto músico, David T. Ginzo, ex­-Templeton, ex-Lüger y actual líder del proyecto Tuya) confeccionó el sábado en La Riviera una retrospectiva de su obra, rescatando desde canciones repletas de aquel pop experimental con tintes psicodélicos y guitarras funky que aparecía en su primer disco, “Sidonie” (1999), como “Sidonie goes to Varanasi”, “Sidonie goes to Moog” o “Feelin’ down” hasta temas pertenecientes a discos más recientes como “Costa Azul” (2007) o “El Incendio” (2009).

De este modo, es en el concierto del pasado sábado donde pudimos apreciar una de las mayores virtudes del grupo: tener una discografía lo suficientemente regular como para poder ofrecer un concierto de dos horas sin prescindir apenas de ninguna de las etapas musicales del grupo. Si además de esto consiguen mantener intacta la intensidad propia de las primeras canciones durante la mayor parte del concierto gracias a la potencia que muestra la banda en directo y la sucesión continua de hits, sus directos se convierten en imprescindibles para cualquier persona interesada en saber cómo suena una banda tras casi quince años en la carretera e innumerables referencias artísticas. Una intensidad que se ve, por otro lado, acrecentada exponencialmente con esa actitud canalla, gamberra y provocadora que les caracteriza desde el primer disco, heredera de músicos como Keith Richards o Marc Bolan. La variedad es también una de sus señas de identidad (eso sí, siempre entorno a dos elementos fijos: el pop y la psicodelia atenuada), no solo por la diversidad en su sonido sino también por las temáticas e imaginería, renovadas disco tras disco. Por ello encontramos atmósferas que pueden llegar a recrear la sordidez y vileza de su mundo más sombrío con un sonido cercano al “The Piper of the Gates of Dawn” (1967) de Pink Floyd o, en cambio, canciones en las que delatan su querencia por la vida aristocrática de un escritor maldito en la Rivera Francesa, por el pesimismo y el desconcierto de la generación perdida y sobre todo, como vemos en “Costa Azul” (2007) por el verano y el mar. O lo que es lo mismo: la nostalgia. Esa nostalgia que patentaba en La Riviera la voz de Marc a menudo combinada con reverb y delay, especialmente en canciones de su último trabajo como “Carnaval” o “Tormenta de verano”. Los chicos australianos de moda, Tame Impala,  están también muy presentes en la forma de interpretar las nuevas canciones en directo, en el aspecto rítmico y la utilización de los sintetizadores (véase en el comienzo de “El aullido”) y, sobre todo, por esa mezcla de pop y psicodelia tan característica de ambos. No podemos pasar por alto tampoco los numerosos riffs que nos remiten directamente a grupos de garage rock de los ochenta como The Fuzztones o al omnipresente Jack White, más concretamente a discos como “Consolers of the Lonely” (2008) que publicó con The Racounters o a su último trabajo en solitario “Blunderbuss” (2012).

En su último disco Sidonie ofrecen de nuevo un sonido que bebe de la psicodelia, tras dos discos anteriores en los que se aproximaba al pop más puro y clásico de discos de The Beatles como “Revolver” (1966) o de The Kinks como “Face to Face” (1966). Sin embargo, aunque el concierto de Sidonie (así como su último disco) destacase por la sobredosis de distorsión, la lisergia electrizada y los estribillos como vía unitiva de la mística, siguen también manteniendo viva la formula power-pop de canciones como “Nuestro baile del viernes” o “El incendio”, con las que se despidieron el sábado tras un bis, formula la cual les ha permitido llegar a un público bastante más amplio y mainstream que probablemente llegara a su música a través de sus colaboraciones con Pereza o la aparición del grupo en cadenas de radiofórmula como Los 40 principales o publicaciones como Rolling Stone (Edición española).

El mes pasado publicaba Igor Paskual, guitarrista de Loquillo, un artículo en el que introducía y explicaba el concepto de crossover. Algunos críticos y “consumidores” probablemente menospreciarán la trayectoria de Sidonie por su evolución hacia propuestas más livianas y asequibles en relación con lo que fue su freak carta de presentación o, simplemente, por considerarlos paradigma del mencionado crossover. Otros, en cambio, preferimos pensar en lo positivo de que un grupo que tiene el beneplácito de una amplia variedad de públicos (y es denostado por gran parte de la crítica más especializada) muestre tantas tablas sobre el escenario, y lo que es aun más importante, mantengan intacta la necesidad de seguir alimentando sus oídos y, por ende, enriqueciendo su repertorio. Sobre ello reflexionaba a principios de este mismo mes en la revista digital Efe Eme Juanjo Ordás con un artículo en su sección “Corriente alterna” titulado “Profesionalmente dejados y musicalmente incultos”. Sidonie se salvan, y despedirse con una versión acústica de “All I have to do is dream” de The Everly Brothers entre el público es toda una declaración de intenciones.

THE BLACK KEYS, Palacio de los Deportes, Madrid, 28 de noviembre

Reseña originalmente publicada en El Mundo de Tulsa (30 de noviembre de 2012)

Era una de esas primeras noches gélidas de invierno en Madrid. La espera en la cola del Palacio de los Deportes ponía en peligro las anginas de los allí presentes, y,  por tanto, las posibilidades de poder acudir a sus respectivos trabajos o facultades (podría decir colegios) la mañana siguiente se reducían. Pocos reflexionaban sobre ello anoche horas antes de presenciar el concierto de The Black Keys,  formación hype del momento capaz de convocar anoche a 18.000 personas ávidas por descubrir el porqué del consenso que parece existir sobre su música: están en la cima del rock’n’roll  (y no solo de masas) y, probablemente, se lo merecen. Sin embargo, en el comienzo de la andadura del dúo de Ohio hubo más barro que gloria, recorriéndose aquellos lugares de la América más profunda donde su blues rock con tintes garageros y guiños revival tenía más cabida. Tuvieron que publicar cuatro discos y ofrecer una incalculable cantidad de conciertos para toparse con Danger Mouse, el “chamán” de la música contemporánea (que ha trabajado recientemente con artistas de la talla de Norah Jones o Jack White) y productor estrella  tanto de “Attack and Realase” (2008) como de los dos discos que les han aupado a lo más alto, “Brothers” (2010) y “El Camino” (2012). Aun con todo, el lleno absoluto de anoche y la magnificación de su concierto en los medios de tirada nacional y las redes sociales se hace, desde la sociología (y el sentido común), difícil de explicar. No hace falta más que echar un vistazo al escenario, o incluso sumergirte de lleno en las historias de sus canciones, para percatarse de que ni  Dan Auerbach, vocalista y guitarrista, ni el aclamado batería Patrick Carney son grandes estrellas del rock de masas. En cambio, actualmente parece no quedarles otra que actuar como tal.

Pasaban dos minutos de la hora estipulada para el comienzo del concierto cuando saltaban a escena The Black Keys acompañados de dos de sus músicos habituales desde “Brothers” (2010): Guss Seyffert (bajo) y John Wood (teclados, sintetizador, guitarra). Empezar con “Howlin’ for you” fue toda una declaración de intenciones comparable a la del tema “It’s Only Rock and Roll (but I Like It)” que los Stones firmaban en 1974. The Black Keys no han inventando nada, y ellos lo saben: beben continuamente del rock’n’roll y el blues de sus antepasados. Desde Little Richard, Screamin’ Jay Hawkins pasando por los (ex)contemporáneos The White Stripes, son ellos ahora quienes siguen la estela.  Las proyecciones pollockianas de fondo no desentonaban para nada con ese rock atrevido y juguetón que caracterizó las cinco o seis primeras canciones,  influidos sin duda por el sonido boogie propio de T-Rex y Marc Bolan. Con “Dead and Gone” el público  (principalmente el más próximo al escenario con entrada de pista, el resto se mostró bastante más apático, excepto en los hits) ya estaba totalmente entregado y coreaba uno de los temas que desprende más épica de su último disco. Al fondo, las imágenes de carreteras y desiertos parecían justificar la magnitud, en todos los sentidos, de la cita: tienen un gran bagaje musical y han editado con esfuerzo siete discos en diez años. Su carrera artística no ha sido por tanto un camino de rosas directo al estrellato y a la fama. Sus botas están llenas de polvo y sus camisas de cowboy algo roídas. Al fin y al cabo, una vida marcada por los tránsitos. La metáfora con su trayectoria parecía continuar en “Gold On The Ceiling”, donde las carreteras abandonan por fin el desierto y se adentran en la gran ciudad. Todos (incluso en las gradas más alejadas) parecían ya dispuestos a bailar al compás del rock and roll.

A pesar de un sonido más que aceptable, de haberse colgado el cartel de no hay billetes días antes de la cita y de un público aparentemente entregado, el ambiente se percibía frío en el ecuador del concierto. Esta sensación pareció persistir durante la mayor parte del concierto, con unos Black Keys que fueron olvidando la interacción con su público, más allá de tópicos y posturas. Los dos músicos de acompañamiento no aportaban demasiado en lo musical, con la excepción del hammond o el sintetizador en  momentos puntuales, y para Dan parecían no existir: la afinidad era escasa, o al menos eso es lo que transmitieron anoche.  De hecho, los mejores momentos del concierto se vivieron con la exclusiva presencia de Dan y Patrick sobre el escenario, formación original de The Black Keys. En canciones como “Thickfreakness” o “Girl Is On My Mind”, pertenecientes a sus primeros discos y grabadas originariamente con una escasa producción y ornamentación –logrando de ese modo un sonido más lo-fi que el actual–, The Black Keys se mostraron tal y como son, e hicieron lo que mejor saben hacer: la improvisación y el groove aparecieron por fin sobre el escenario, con un Dan Auerbach dando lecciones de estilo y fuzz a la guitarra y una batería que controlaba con una sensibilidad propia del mismísimo Glenn Kotche las diferentes intensidades y contrastes por las que le dirigía la canción. Fueron estos los mejores momentos del concierto, junto a esa canción oculta que se llama “Strange Times” y que podría (o debería) entenderse  como un homenaje al Neil Young más rockero, o lo que es lo mismo, al Neil Young de “Zuma” (1975). A pesar de ser estos los mejores momentos de un concierto algo descafeinado, parte del público parecía estar esperando con (demasiada) ansia que sonasen los singles, y aunque no se hicieron esperar (“Gold On The Ceiling” o “Little Black Submarines” sonaron en la primera media hora de concierto) el público más acostumbrado al disc-jockey comercial de turno no parecía conformarse. Quizás no fue éste el motivo de su dispersión. La falta de costumbre a mantener las formas en este tipo de macroeventos pudieron tener también mucho que ver. Fueran unos u otros los motivos, todo ello contribuyó a la desmejora de un concierto que podía haber ido más lejos de lo que fue, no solo por su corta duración sino también por unos Black Keys que denotaron apatía y frialdad durante gran parte del concierto y no lograron superar las altas expectativas puestas sobre ellos, con un repertorio demasiado homogéneo.

Tras sonar dos de los singles de sus dos últimos discos, “Tighten Up” y “Lonley Boy”, y que todos los ansiosos anteriormente mencionados entraran de repente en su éxtasis soñado, The Black Keys se despedían con un tímido adiós. Después de un (incomprensiblemente) largo parón, la banda al completo volvería al escenario para ejecutar “Everylasting light”, el cual sonó insustancial, poco compacto y falto de fuerza, aunque fue enmendado con un magistral juego de luces. Todo un acierto finalizar la breve velada (por poco sobrepasó la hora y media) con “I got mine”, de nuevo con Dan y Patrick luciéndose sobre el escenario en solitario, con un final atronador a la altura, ahora sí, de un grupo como The Black Keys, llamados a liderar la batuta del rock norteamericano. Ese que a pesar de oler a otro tiempo sigue hoy sonándonos tan fresco y necesario como sonaba, y sigue sonando, “Sticky Fingers” (1971). Deberán plantearse los de Ohio si quieren seguir llenando pabellones como el de ayer, o si consustancial a su propuesta es ofrecer su espectáculo en un lugar propicio para la música. Para las emociones, la trascendencia y el recuerdo, de lo que todo trata al fin y al cabo.

 Sonando: Sweetie de Josh Rouse

LUIS BREA, Sala Siroco, Madrid, 10 de noviembre

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Reseña originalmente publicada en El Mundo de Tulsa (12 de noviembre de 2012)

Un antiguo camarero de la noche malasañera que decidió dar un paso adelante en su carrera musical y liderar un proyecto con el sobrenombre de Luis Brea. Atractiva presentación la de Luis Alberto Alemaza (Alcorcón, 1973), que en los años noventa fundó “Los Hijos de Han Solo” y fue líder de “Los Sitios” durante la década pasada. Ambas propuestas no trascendieron más allá del maquetero circuito de salas madrileño. Después de sendas experiencias Luis comenzó a cobijarse tras el alias de Aviación Española para acabar finalmente publicando su primer epé De lo Dicho Nada en el 2010. En 2012 publicaría “Hipotenusa”, su primer largo editado por el sello Marxophone (que recientemente ha publicado también a Nacho Vegas, The New Raemon o Refree). O lo que es lo mismo, el pretexto perfecto para transportar sus historias costumbristas en forma de canciones a los diferentes lugares de la geografía española. Este sábado era el turno de volver a Madrid, donde el pasado 1 de marzo había comenzado con la gira de presentación de su primer elepé. La Sala Siroco era esta vez el lugar elegido.

El  clima apático de la capital en los últimos días no influyó en que la gente prefiriera quedarse en casa viendo el partido del sábado noche antes que acudir al concierto de Luis Brea, programado para las diez de la noche. El público del (como apuntan algunos)  creador del “costumbrismo post-indie” crece cada día más, y prueba de ello es la acumulación de asistentes previa al concierto en la puerta de la sala, o el agobio que se sentía en las zonas más próximas al escenario.

Alrededor de las diez y media de la noche el músico se personaba en solitario sobre el escenario, y aunque pronto dejaría claro que comenzaría estrenando algunas de las nuevas canciones sin la banda (y sin su inseparable guitarra Gretsch) y su tímida barba le acercase más que nunca al crapulismo que tan bien retrata,  la estética de las gafas de sol y la camisa de manga corta de tonos oscuros nos resultaba a la mayor parte de los allí presentes familiar. De las seis canciones nuevas con las que comenzó el concierto cabe resaltar la línea continuista con respecto a las canciones que integran “Hipotenusa”. La búsqueda de autocomplacencia y la introducción del humor cínico como forma más inteligente para, de alguna manera, resolver sus problemas son temas todavía muy presentes en el imaginario de Luis Brea. Destacar entre todas ellas “Focas y Sirenas”, una supuesta historia personal de la autor escrita a raíz de un altercado con mujeres policías en la terraza de un bar, y que nos regala versos de esos que serán coreados (“atrapado entre dos mundos que no conoceré jamás”).

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Para la segunda parte del concierto el frontman madrileño quiso contar con la compañía de Jorge Martí Climent (batería) y del parisino Hadrien Fregnac (bajo), antiguos compañeros de Luis en el Bar Fotomatón como técnicos de sonido, y ya componentes habituales del proyecto de Luis Brea tanto en directo como en el estudio, donde ambos ejercieron labores de producción. “Imágenes” fue la primera canción que sonó con banda, y es probablemente una de las más representativas del sonido que la banda propone en sus directos: un sonido oscuro y  sombrío repleto de guitarras distorsionadas y sin excesiva tecnicidad, que conjuga  a la perfección con la voz masculina, grave y de cadencia pausada del cantante, y contrasta con las letras cómicas, costumbristas y tragicómicas de éste. Con “Soy tu padre” el público comenzaba a entrar en juego y “La cuenta atrás” fue entonada por el público con especial énfasis, quizás por las referencias a la laureada serie de la HBO “Los Soprano” o a las míticas trilogías a las que también se refiere la canción. Me atrevería a decir que muchos de los espectadores nacieron en la época del lanzamiento de aclamadas trilogías, como El Padrino, o que muchos otros rescataron “La trilogía del dólar”: son esas referencias, tan habituales en las canciones del músico madrileño, las que tienden a acaparar los cánticos más fogosos en sus conciertos. “Escabeche” recuerda a Nacha Pop y al sonido de la movida madrileña, con un comienzo muy similar a “Antes de que salga el sol” de Nacha Pop, y una estructura muy pop. Sorprendente: hubo posos de post-rock en el final de “Bastante Punk”, como si los tejanos Explosions in the Sky acabarán de colarse en la sala con su aspecto más castizo. “Baso es con V” es hasta el momento uno de sus temas más aclamados, y, personalmente, su relato mejor construido, con una historia donde el protagonista se muestra tan ridículo que lo único que puede hacer es –una vez más— reírse de sí mismo. Y Luis Brea tiene el antídoto perfecto para hacerlo: sus propias canciones, y la sutil construcción de personajes reales o ficticios (habituales son “Gerardo” y “Soraya”) a través de los cuales introduce al oyente en el ambiente lúgubre de las noches de after en casa de un amigo o en una relación amorosa que fue poseída por la tiendas e internet.  Una vez más, la referencia a Los Planetas y el homenaje a su tema “Segundo premio” sacaron a relucir los recuerdos más planetarios de los espectadores, que olvidaron definitivamente la crisis y todos sus problemas para entregarse hasta el final del concierto con la rumbera e iglesiana (sí, es muy Julio Iglesias) “Dicen por Ahí” y “Automáticamente” que  pusieron la guinda a una noche en la que Brea relató sobre el escenario historias cercanas  a los guiones de Berlanga (salvando las distancias), las canciones de Sabina, por sus personajes crápulas , o de Sr Chinarro, por su neorrealismo costumbrista.

Todavía es pronto, con solo un elepé publicado para hacer un balance de la corta trayectoria de Luis Brea, pero la crítica y muchos de sus seguidores ya esperan con expectación el rumbo que tomarán sus nuevas canciones. Canciones, que por lo que pudimos apreciar el sábado en Siroco, no distan mucho de aquellas a las que ya nos tiene acostumbrados, algo peligroso si pretende encabezar esa corriente “post-indie” a la que hace referencia en algunas entrevistas, o necesario si prefiere asegurarse los festivales indies del próximo verano.

CHRISTINA ROSENVINGE, Teatro Lara, Madrid, 19 de septiembre

Reseña originalmente publicada en El Mundo de Tulsa (23 de septiembre de 2012)

Christina Rosenvinge artículo

¿Cómo salir airosa de ser la niña rubia posh (y)  hype de la movida madrileña y que tus canciones –de ayer y de hoy- suenen al nivel que lo hicieron el miércoles en el emblemático Teatro Lara? Christina Rosenvinge se presentó en el escenario con dos de sus colaboradores habituales en esta gira de presentación de Un Caso Sin Resolver: Raúl Fernández Refree  a la guitarra y Aurora Aroca de Boat Beam al violonchelo tuvieron mucho que ver también en la continua creación de atmósferas  el sonido envolvente, el minimalismo arcaico e intimista al más puro estilo Fiona Apple o Beth Orthon. En definitiva,  todos fueron participes de ese sonido nostálgico y oscuro repleto de senderos de tinieblas que salió a relucir especialmente en los temas pertenecientes a su etapa más experimental e introspectiva en Estados Unidos, como  con As the winds blows o White hole. Christina se presentó ante su público fiel (y variopinto: desde el oficinista treintañero de traje y corbata recién salido del trabajo hasta el grupo de amigos esnobs siempre a la última que presumen de bigote y camisetas de H&M, pasando por el trasnochado que sueña con Ella todas las noches desde que presenció esto en directo) con un setlist que suponía un breve repaso a las canciones de mayor peso dentro de su  extensa y heterogénea  discografía.

Poco hubo que esperar para que un silencio sepulcral se apoderase del teatro. La luz tenue que se proyectaba sobre el escenario era un elemento -musical o no-  más en La distancia adecuada, tema elegido para abrir el recital. Los coros de Nacho Vegas en el álbum de estudio eran ejecutados esta vez, con un tono menos sugerente y sustancialmente más pop, por Refree. La conexión Rosenvinge-Refree se convirtió en una constante desde que el segundo se colocó al teclado y, con la inestimable aportación de Aurora al violonchelo introduciendo algunas pinceladas de la épica más Fleet Foxes, recuperaron As the winds blows, una canción de Frozen Pool (2001), segundo disco de su trilogía anglosajona, con cuya interpretación trasladaron a un servidor a aquel sorprendente concierto de Jonathan Wilson teloneando a Wilco en el Teatro Circo Price allá por noviembre.

Las canciones y los cambios de intensidad se sucedían y Christina manejaba el ritmo del concierto con escasos altibajos. Una versión a lo Tom Waits de 1000 pedazos y la confirmación de que Christina se siente muy cómoda en el sincretismo de la actitud y la lírica inocente y provocadora. Esa misma actitud ahora acentuada con su voz más canalla daba paso a  Tu por mí, con las manos de Christina deslizándose por la notas del piano con elegancia y distinción. Las estrofas atrevidas y el sonido sucio alcanzaron su máxima expresión con Christina sentada al piano e interpretando Eclipse y Tok Tok. Momentos también de exhibicionismo musical para Refree, buscando los sonidos más ruidosos más allá del mástil con todo tipo de artilugios y recursos. Alta tensión, Mi vida bajo el agua, Tu sombra (con especial mención al parecido con el comienzo del mítico Another brick in the wall de Pink Floyd). En Weekend Christina se desnuda, y se sincera con estrofas que inevitablemente remiten a relaciones tormentosas del pasado (“con el verdadero amor se hacen casas de ladrillo, con esto que hay entre tú y yo sólo salen estribillos, al tocar tierra la lluvia se vuelve barro, lo llaman ruptura pero es desgarro”). Jorge y yo y Canción del eco eran dos éxitos asegurados, y Aurora de Boat Beam aprovechó para desplegar todo su potencial como corista de voces angelicales.

Bis. No había mejor manera para acabar que con ella en solitario susurrando una pequeña joya.  Muertos o algo mejor. La inocencia primero. La nostalgia después.