Apuntes desde el Medio Oeste (I)

Artículo originalmente publicado en Fronterad (2 de noviembre de 2013)

Apenas han pasado dos meses desde que me trasladé a un pequeño pueblo del  Midwest, en el estado de Minnesota. Trabajo como Spanish Language Assistant en Carleton Collage, además de estudiar una asignatura cada trimestre como part-time student. Cada día dedico un mínimo de tres horas a enardecer los deseos de hablar español de los estudiantes. No es tarea fácil esclarecer los anhelos que sobrevuelan las mentes de los hijos de la clase alta -y fervientemente demócrata- estadounidense. Como proyecto de sociólogo y politólogo, dudo que en el futuro tenga una oportunidad de realizar tantas horas de observación participante como ésta. Hemos debatido sobre algunos de los cleavages políticos de la historia reciente de Estados Unidos, como son la cultura de las armas o el aborto, o sobre asuntos más cercanos para los estudiantes, como el debate sobre la libertad de expresión en las universidades, o acerca de la idoneidad de introducir ciertas cuotas para las minorías en los procesos de admisión a las universidades. Aun así, uno siempre encuentra dificultades para entender la lógica interna que guía a un país repleto de contradicciones. Pero no todo es acervo político e intelectual. La falta de interés por parte de los estudiantes, generalmente asociada a la falta de de horas de sueño –la mayor parte asegura que duerme cuatro o cinco horas de media debido a la carga de trabajo-, me ha llevado a recurrir a juegos de infancia como Tabú o ¿Quién es quién? para rellenar espacios en los que la conversación se tercia imposible.

Durante algunas semanas también trato de ayudar a los estudiantes de los niveles más avanzados de español con sus ensayos. Las asignaturas suelen gozar de un temario bastante específico, y en algunas ocasiones se vislumbran perspectivas razonablemente subversivas. Una de las peculiaridades de los Liberal Arts Colleges es, además del reducido tamaño de las clases y de la continua interacción profesor-alumno, la variedad de asignaturas impartidas, así como el hecho de no tener que escoger tu major (grado, en términos Bolonia) hasta el final de tu segundo año. La idea resulta en un principio muy atractiva: dos años –seis trimestres en este Collage- de universidad en los que, además de poder degustar diversas disciplinas, tienes la oportunidad de adquirir un conocimiento manifiestamente holístico. Sin embargo, me surgen dudas acerca de su viabilidad cuando algunos me confiesan sus dificultades para entender las ideas que encierran sus lecturas. Moishe Postone reinterpretando a Marx, David Harvey exponiendo su teoría del desarrollo geográfico desigual o la cuestión posmoderna según Judith Butler son algunas de las materias sobre las que tienen que reflexionar. Si a la dificultad obvia que supone el idioma le sumamos una posible falta de background en teoría sociológica, el resultado es, a priori, bastante incierto. No quiero posicionarme todavía sobre este tema, porque no conozco exactamente los requisitos para poder acceder a estas clases avanzadas de español, más allá del requisito lógico del idioma, pero trataré de averiguarlo con más exactitud.

No quiero con estas dudas dar a entender que el hermético planteamiento de la universidad en España, prácticamente desprovista de vasos comunicantes entre las humanidades y las ciencias y con unos planes de estudio (a menudo; es peligroso e injusto generalizar) obsoletos o mal estructurados, sea el modelo a seguir. Y, en cualquier caso, si hay algún tipo de desfase, prefiero que sea por exceso que por falta de exigencia, y más cuando estamos hablando, como en este caso, de estudiantes de probada excelencia académica. Independientemente de esto, el hecho de que un estudiante de química encuentre relevante y formativo una asignatura titulada Culture and Politics in India o de que un futuro ingeniero informático valore la importancia la teoría sociológica clásica no puede hacer más que entusiasmarme. Por otro lado, los estudios en Ciencia Política o Relaciones Internacionales son de los más demandados. No desaría caer tampoco en lugareñas y manidas comparaciones entre cualquier país extranjero, en este caso Estados Unidos, y España, tan en auge en nuestros días. Porque ni los españoles somos muy tontos, ni el resto muy listos. La cuestión creo que es, por una vez, relativamente sencilla: la estructura da pie a que la clásica dualidad letras-ciencias se rompa, generando que este tipo de razonamientos, patrocinados por inteligentes preguntas como “¿Y eso para qué sirve?” o “¿Pero cómo te vas a ganar la vida?”, se vengan abajo por su propio peso. En España, en cambio, la estructura todavía no lo permite. Perdonen el sesgo institucionalista en el último razonamiento.

En el próximo artículo pretendo profundizar más en el tema de las matrículas, y especialmente en los 58.149 dólares anuales que un estudiante paga por estudiar en esta universidad. Aparentemente, existe un sistema de becas, pero todavía no conozco con certeza su funcionamiento y cuantíaHe preguntado a diferentes profesores sobre este asunto con respuestas bastante contradictorias. En este enlace aparece información relevante con respecto a este tema, pero desconozco la fiabilidad de la fuente.

La verdad es que no sé cómo he acabado escribiendo este batiburrillo sobre asuntos tan tediosos. En un primer momento sólo pretendía justificar mi ausencia durante los últimos dos meses, alegando que mi repentina llegada (con fecha de caducidad) al mundo laboral me había mantenido algo alejado de ciertas costumbres. Las canciones, en cambio, adquieren durante este tiempo una resonancia y un colorido del que probablemente no podrán desprenderse jamás, y ese es el segundo motivo por el que empecé a trazar este caótico retrato, con la intención de compartir algunas de esas canciones. Martha Nussbaum, el First Avenue, las Twin Cities y demás tendrán que esperar a próximas entregas.

Es la una de la madrugada, y camino hacia casa después de un concierto. Una luz anaranjada emerge desde la ventana de una casa, y las sombras de cuatro personas se proyectan en el exterior con una sinuosidad lo suficientemente turbadora para causarme cierto escalofrío. De repente me encuentro inmerso en uno de esos cuentos gélidos y minimalistas de Raymond Carver, y siento que no debo seguir describiendo la escena, porque Raymond ya lo ha hecho por todos nosotros en infinidad de ocasiones. Sólo viviré aquí durante un año, pero más allá de poder vestir botas camperas, en noches así me pregunto cómo era este lugar hace 50 años, o cómo serán las sombras que surgen hoy tras la ventana dentro de 70 años. Y si a Carver le volvería a interesar retratarlo. Mercedes Álvarez, en El cielo gira, aportó hace tiempo algunas claves.

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