La espontaneidad trascendental de Dawes

Artículo originalmente publicado en  El País – Blog La ruta norteamericana – (16 de julio de 2013)

En una entrevista concedida a la revista Rolling Stone unos meses antes de la salida de su tercer LP, Stories Don’t End (HUB Records, 2013), renegaba con ímpetu Taylor Goldsmith, líder de los californianos Dawes, de esa condición de banda revival de los setenta que muchos críticos musicales de su propio país les atribuyen. Quizás su propósito de buscar sonoridades más cercanas a nuestros días se traduce en la apuesta por Jacquire King (Tom Waits, Josh Ritter, Norah Jones) como productor de esta nueva entrega. Comprometida decisión, en todo caso, ya que supone prescindir del exquisitoJonathan Wilson, productor que capitaneó los dos primeros trabajos de los más que dignos herederos del rock de raíces norteamericanas, con especial resonancia al Laurel Canyon Sound. Seguramente algunos le recordarán —de melena larga tan setentera como su propuesta de voces angelicales y oníricas atmósferas— por Gentle Spirit (Bella Union, 2011), su inesperado, a la vez que asombroso, álbum en solitario; otros, los más afortunados, pudieron disfrutar de su actuación en el concierto de Wilco en el Teatro Circo Price a finales de 2011, en el que ejerció de telonero. Y es precisamente esa atemporalidad que aportaba Wilson en los dos primeros álbumes de Dawes la que ha hecho de ellos una formación singular y revitalizante, alejada sin duda de los nuevos posers; de algunos de los grupos actuales que, conocedores de las tendencias y licenciados en mercadotecnia, adulteran el rock de raíces norteamericanas con fines estrictamente comerciales.

Dawesdisco

Debemos recurrir a sus dos primeros discos para adquirir una visión global de su breve trayectoria. Dignos de mención son algunos medios tiempos, de perceptible idiosincrasia country-rock, como “Love is all I am” o “Take me out of the city”, de una elegancia sonora exclusivamente reservada para los elegidos: aquellos que, desde el trance melancólico más tonificante, arrojan historias sin mayor finalidad que la de servir como colofón, casi siempre amargo, a su particular proceso de redención. Seguramente una balada como “Oh well” reuniría sin mucho insistir aJackson Browne, Gene Clark y The Jayhawks en un escenario; o una crónica amorosa como “Million Dollar Bill” funcionaría como bonus track en una revisión de “After the goldrush”, aquella irrepetible colección de canciones que Neil Young publicó a la vuelta del verano de 1970. De estos dos primeros discos brotan historias de forma inagotable, que tan bien acompañan a uno en una sosegada tarde literaria de domingo, o en un veraniego road trip alrededor de los Estados Unidos.

No obstante, tal y como pretenden reivindicar con Stories Don’t End, su inspiración no se agota en los artistas del pasado. Y es que, aunque el influjo vintage de sus composiciones está fuera de toda duda, no se encuentran aislados en la empresa de situar el rock clásico en un espacio distinguido dentro del dilatado panorama musical actual. Radiaciones sonoras de naturaleza eterna que sobresalen gracias a la gracilidad de las armonías vocales y, especialmente, por la apariencia exultante de unos vaporosos estribillos de ascendencia pop. Las palabras revolotean como pájaros en preciosistas composiciones, como “A little bit of everything” o “My way back home”.

La mayor parte de los ingredientes que venimos mencionando regresan en esta nueva entrega. La épica y estética de la canción que inaugura el álbum, “Just beneath the surface”, nos remite hacia ambientes similares a los que podrían evocar otras piezas como “Fire away”, de su álbum Nothing is Wrong (ATO/Houston Party, 2011), o “Where my time comes”, perteneciente a North Hills (ATO Records, 2009), su debut discográfico, con progresiones y texturas que les aproximan a su esplendor compositivo hasta la fecha. Reaparecen también, con canciones como “Just my luck” o “Something in common”, sus cautivadores medios tiempos. Baladas en las que la guitarra telecaster del mayor de los Goldsmith  se recrea sin complejos en su sonido cristalino y orgánico, sin pretender tomar nunca demasiado protagonismo. Es en esos instantes de mayor vacío instrumental cuando los rasgados susurros de Taylor Goldsmith se complementan con el ingenio percutivo de su hermano pequeño, el baterista Griffin Goldsmith, alcanzando repentinos niveles de inspiración y redondez artesana. Seguramente, el esmero que disimula su indudable afinidad interpretativa, además de sus referentes y su pureza instrumental –guitarra, bajo, batería, teclados y hammond–,  les conduce a renegar del exceso de artificios. Prefieren deambular a sus anchas por el perímetro de la narración confesional, de la emotividad desacomplejada.

Aunque para algunos, y probablemente con parte de razón, es justamente el clasicismo de su imaginería poética y sonora, la escasa singularidad de sus estructuras, o las manidas historias de corazones rotos enfundadas en íntimas y llevaderas composiciones, lo que les hace excesivamente previsibles. Con “Stories don’t end”, como ya mencionábamos al comienzo del texto, se acomodan a medio camino entre la cercanía y humanidad que contagian sus letras, y una modernidad que, en el fondo y en la forma, parece todavía lejos de agotarse. Los sugestivos medios tiempos de músicos contemporáneos como Ryan Adams o Ray La Montagne, la épica prudencial de Band of Horses, o los a menudo introspectivos Low, son algunas de las referencias coetáneas más evidentes. En la mayor parte de los cortes del disco inspeccionan prototipos de canción que ya habían exhibido con anterioridad. Quizás ese tratamiento frugal que acostumbran a manejar de manera instintiva da paso ahora a una grandilocuencia en ocasiones algo artificial. Aun así, la acompasada “Most people”, “Stories don’t end” o “From the right ankle” están al nivel de los mejores Dawes. Los mismos que consiguieron llamar la atención de los asistentes más ávidos en el concierto de Jackson Browne en San Sebastián con motivo del Festival de Jazz de San Sebastián hace un par de veranos; los cuatro jóvenes de Los Ángeles acompañaron en el escenario al aclamado músico de origen alemán aquella noche. Las impresiones de allí extraídas se confirmarían meses después, cuando una mini gira de tres conciertos les trajo a Madrid, Valencia y Vigo.

Todavía no han anunciado su gira europea, aunque estarán en el End of the road Festivalde Reino Unido a finales de agosto. Veremos cómo avanza su carrera, tras haber sido apadrinados desde el principio por Jackson Browne, haber ejercido de teloneros de los aclamados Mumford & Sons y, más recientemente, de Bob Dylan; sin olvidar la colaboración que perpetraron junto a John Fogerty hace poco más de un mes en el programa de David Letterman. Interesante será ver el rumbo que toma su música, así como su proyección comercial, después de un continuista tercer álbum. Entre la generación que les precede no les faltan referentes a la hora de inclinarse por unos u otros senderos. Grupos con orígenes similares a los de Dawes, como My Morning Jacket o los glorificados Wilco, e incluso artistas como Will Oldham o Cass McCombs,  están construyendo consistentes carreras en las que combinan con destreza la tradición rockera, de aromas tradicionales, con un enfoque creativo más propicio para la experimentación. Sin embargo, independientemente del viraje que tome su discografía, sus canciones parecen destinadas a seguir haciéndonos trascender. Aunque sólo sea a unos pocos. Y eso es, desde mi humilde opinión, un valor en sí mismo; lo verdaderamente esencial.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s