JACCO GARDNER, Sala La Boite, Madrid, 14 de abril

Reseña originalmente publicada en El Mundo de Tulsa (24 de abril de 2013)

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Un holandés de 24 años con cara de recién salido del instituto aterrizaba en España a mediados de abril para presentar su primer disco, “Cabinets of curiosities” (Trouble in Mind, 2013), grabado en “The Shadow Shoppe Studio” o lo que es lo mismo: su propio hogar, situado en Zwaag, a unos 40 minutos al norte de Ámsterdam. Es en este lugar donde se ha gestado la evocadora colección de 12 canciones que conforman su primer LP, en el que Jacco Gardner se ha encargado, además de ejercer de productor, de tocar todos los instrumentos -harpiscordio, clarinete, mellotrón, teclados, cuerdas- que aparecen en el disco, a excepción de la batería, por Jos van Tol. Y aunque Jacco Gardner no haya inventado nada nuevo, tampoco nos cabe duda de que ha facturado una reliquia anacrónica de incuestionable valor, a través de un pop barroco repleto de psicodelia, acicalado de unos arreglos magistrales, que se combinan (o contrastan) con armonías esponjosas (o sinuosas, punzantes). No resulta demasiado complicado emplazar al holandés como deudor manifiesto de una época: la segunda mitad de los 60 y la primera de los 70, con la emergencia de grupos británicos y americanos que pretendían ir más allá del pop, introduciendo la lisergia psicodélica o algunos tintes barrocos, como es el caso de los Pink Floyd de Syd Barret (el comienzo de “Clean the air”), The Zombies, la escena Canterbury más próxima al recientemente fallecido Kevin Ayers o incluso los Beatles de “Revolver” -con canciones como “Tomorrow Never Knows”, que podrían encajar en el universo Jacco Gardner- en Gran Bretaña, o el caso del Brian Wilson de “Pet Sounds”, Van Dyke Parks, The Left Banke o el exquisito folk-pop psicodélico de Love en Norteamérica.

Tras dos noches, la del viernes en Miranda de Ebro (Burgos) y la del sábado en Hondarribia (Guipúzcoa), de toma de contacto con el territorio ibérico, Jacco Gardner y los suyos luchaban no sólo contra las dificultades para llenar la Sala Boite que suponía su recién comenzada andadura musical, sino también frente a otro escollo añadido: el hecho de tratarse de un domingo.  Sin embargo, tal y como pudimos comprobar con Ron Sexsmith en la Sala El Sol a finales de febrero -aquella era una noche gélida; ésta una de las primeras que te dejaba prescindir de la parca-, no son los domingos un lastre para esos ávidos melómanos que suelen concurrir en este tipo actuaciones.

Con un Jacco Gardner en el centro del escenario, ataviado con un sombrero que le permitía refugiarse en su mundo onírico y una bufanda de rayas que hacía resaltar su inocencia, rodeado de sintetizadores, clavicordios, pedales y demás artilugios sonoros difíciles de apreciar, se ponía en marcha lo que sería una hora y media de atmósferas de ensueño, de viajes a ninguna parte por carreteras secundarias e imágenes perversas; de contrastes sonoros y emocionales. Jos van Tol (batería), Keez Groenteman (guitarra acústica) y Jasper Verhulst (bajo) se entendían sin apenas esfuerzo con el líder del grupo, y la banda en su conjunto se percibía especialmente engrasada pese a su juventud. En la primera canción, “Cabinet of Curiosities”, evidenciaron ya que sus directos pretenden aportar algún valor añadido con respecto al disco, alargando algunas de las canciones, y recurriendo sin tapujos a la épica, gracias, principalmente, a la polivalencia de Jacco y sus envidiables dotes para el saber hacer sobre el escenario, que ya deja entrever en la sutil producción del álbum. Sonaron después otros cortes del disco, como “Clean the air” -en el estribillo nos acordamos de esos jóvenes australianos que tanto están dando que hablar, Tame Impala, también muy influenciados por Syd Barret-, “Watching the moon”, con ecos a los Beatles que aparecerían a partir de “Revolver”. Otras, como “Lullaby”, comienzan prácticamente a capella, con unas melodías vocales que nos trasladan a Fleet Foxes. Sin embargo,  conforme avanza esta canción se adentran en sonidos más experimentales, para acabar viendo a un Jacco Gardner ensimismado en sacar a relucir el sonido perfecto a sus instrumentos, introduciéndonos con ellos -con ese viento que no para de soplar, y unas imágenes proyectadas que inundan el momento de terror- en un final de canción muy evocador, donde hubo espacio hasta para que el baterista experimentase con el triángulo. “Chameleon” representa también su vertiente menos psicodélica; esta ausencia de psicodelia es común a las últimas cuatro canciones del álbum (“Help my out”, “Summer’s Game”, “Chameleon” y “The Ballad of Little Jane”), más cercanas al pop de canciones de The Beach Boys como “I’m Waiting For The Day” o “Caroline, No”, ya no sólo por las estructuras más sencillas, sino también por un sonido muy característico de los órganos, e incluso unas melodías más nítidas y refinadas.

Después de “Chameleon” vendría el rutinario parón, para volver con un bis de dos canciones al escenario, y despedirse del público de la capital con una versión del productor y músico británico Billy Nicholls, “Always on my Mind”, con la que se refirmarían en un pop con menos artificios que el que habían mostrado a lo largo de la noche, pero muy apropiado como colofón final. Para hacernos recordar que, a pesar de disfrazar sus canciones con instrumentos revival poco habituales en la actualidad, Jacco Gardner es un amante de la canción pop, en todas sus variantes, como lo eran sus ídolos. Aún es pronto para realizar pronósticos, pero los hechos (y sus canciones) dejan un mensaje patente: su potencial, a día de hoy, es enorme. Y está por explotar.

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