THE BLACK KEYS, Palacio de los Deportes, Madrid, 28 de noviembre

Reseña originalmente publicada en El Mundo de Tulsa (30 de noviembre de 2012)

Era una de esas primeras noches gélidas de invierno en Madrid. La espera en la cola del Palacio de los Deportes ponía en peligro las anginas de los allí presentes, y,  por tanto, las posibilidades de poder acudir a sus respectivos trabajos o facultades (podría decir colegios) la mañana siguiente se reducían. Pocos reflexionaban sobre ello anoche horas antes de presenciar el concierto de The Black Keys,  formación hype del momento capaz de convocar anoche a 18.000 personas ávidas por descubrir el porqué del consenso que parece existir sobre su música: están en la cima del rock’n’roll  (y no solo de masas) y, probablemente, se lo merecen. Sin embargo, en el comienzo de la andadura del dúo de Ohio hubo más barro que gloria, recorriéndose aquellos lugares de la América más profunda donde su blues rock con tintes garageros y guiños revival tenía más cabida. Tuvieron que publicar cuatro discos y ofrecer una incalculable cantidad de conciertos para toparse con Danger Mouse, el “chamán” de la música contemporánea (que ha trabajado recientemente con artistas de la talla de Norah Jones o Jack White) y productor estrella  tanto de “Attack and Realase” (2008) como de los dos discos que les han aupado a lo más alto, “Brothers” (2010) y “El Camino” (2012). Aun con todo, el lleno absoluto de anoche y la magnificación de su concierto en los medios de tirada nacional y las redes sociales se hace, desde la sociología (y el sentido común), difícil de explicar. No hace falta más que echar un vistazo al escenario, o incluso sumergirte de lleno en las historias de sus canciones, para percatarse de que ni  Dan Auerbach, vocalista y guitarrista, ni el aclamado batería Patrick Carney son grandes estrellas del rock de masas. En cambio, actualmente parece no quedarles otra que actuar como tal.

Pasaban dos minutos de la hora estipulada para el comienzo del concierto cuando saltaban a escena The Black Keys acompañados de dos de sus músicos habituales desde “Brothers” (2010): Guss Seyffert (bajo) y John Wood (teclados, sintetizador, guitarra). Empezar con “Howlin’ for you” fue toda una declaración de intenciones comparable a la del tema “It’s Only Rock and Roll (but I Like It)” que los Stones firmaban en 1974. The Black Keys no han inventando nada, y ellos lo saben: beben continuamente del rock’n’roll y el blues de sus antepasados. Desde Little Richard, Screamin’ Jay Hawkins pasando por los (ex)contemporáneos The White Stripes, son ellos ahora quienes siguen la estela.  Las proyecciones pollockianas de fondo no desentonaban para nada con ese rock atrevido y juguetón que caracterizó las cinco o seis primeras canciones,  influidos sin duda por el sonido boogie propio de T-Rex y Marc Bolan. Con “Dead and Gone” el público  (principalmente el más próximo al escenario con entrada de pista, el resto se mostró bastante más apático, excepto en los hits) ya estaba totalmente entregado y coreaba uno de los temas que desprende más épica de su último disco. Al fondo, las imágenes de carreteras y desiertos parecían justificar la magnitud, en todos los sentidos, de la cita: tienen un gran bagaje musical y han editado con esfuerzo siete discos en diez años. Su carrera artística no ha sido por tanto un camino de rosas directo al estrellato y a la fama. Sus botas están llenas de polvo y sus camisas de cowboy algo roídas. Al fin y al cabo, una vida marcada por los tránsitos. La metáfora con su trayectoria parecía continuar en “Gold On The Ceiling”, donde las carreteras abandonan por fin el desierto y se adentran en la gran ciudad. Todos (incluso en las gradas más alejadas) parecían ya dispuestos a bailar al compás del rock and roll.

A pesar de un sonido más que aceptable, de haberse colgado el cartel de no hay billetes días antes de la cita y de un público aparentemente entregado, el ambiente se percibía frío en el ecuador del concierto. Esta sensación pareció persistir durante la mayor parte del concierto, con unos Black Keys que fueron olvidando la interacción con su público, más allá de tópicos y posturas. Los dos músicos de acompañamiento no aportaban demasiado en lo musical, con la excepción del hammond o el sintetizador en  momentos puntuales, y para Dan parecían no existir: la afinidad era escasa, o al menos eso es lo que transmitieron anoche.  De hecho, los mejores momentos del concierto se vivieron con la exclusiva presencia de Dan y Patrick sobre el escenario, formación original de The Black Keys. En canciones como “Thickfreakness” o “Girl Is On My Mind”, pertenecientes a sus primeros discos y grabadas originariamente con una escasa producción y ornamentación –logrando de ese modo un sonido más lo-fi que el actual–, The Black Keys se mostraron tal y como son, e hicieron lo que mejor saben hacer: la improvisación y el groove aparecieron por fin sobre el escenario, con un Dan Auerbach dando lecciones de estilo y fuzz a la guitarra y una batería que controlaba con una sensibilidad propia del mismísimo Glenn Kotche las diferentes intensidades y contrastes por las que le dirigía la canción. Fueron estos los mejores momentos del concierto, junto a esa canción oculta que se llama “Strange Times” y que podría (o debería) entenderse  como un homenaje al Neil Young más rockero, o lo que es lo mismo, al Neil Young de “Zuma” (1975). A pesar de ser estos los mejores momentos de un concierto algo descafeinado, parte del público parecía estar esperando con (demasiada) ansia que sonasen los singles, y aunque no se hicieron esperar (“Gold On The Ceiling” o “Little Black Submarines” sonaron en la primera media hora de concierto) el público más acostumbrado al disc-jockey comercial de turno no parecía conformarse. Quizás no fue éste el motivo de su dispersión. La falta de costumbre a mantener las formas en este tipo de macroeventos pudieron tener también mucho que ver. Fueran unos u otros los motivos, todo ello contribuyó a la desmejora de un concierto que podía haber ido más lejos de lo que fue, no solo por su corta duración sino también por unos Black Keys que denotaron apatía y frialdad durante gran parte del concierto y no lograron superar las altas expectativas puestas sobre ellos, con un repertorio demasiado homogéneo.

Tras sonar dos de los singles de sus dos últimos discos, “Tighten Up” y “Lonley Boy”, y que todos los ansiosos anteriormente mencionados entraran de repente en su éxtasis soñado, The Black Keys se despedían con un tímido adiós. Después de un (incomprensiblemente) largo parón, la banda al completo volvería al escenario para ejecutar “Everylasting light”, el cual sonó insustancial, poco compacto y falto de fuerza, aunque fue enmendado con un magistral juego de luces. Todo un acierto finalizar la breve velada (por poco sobrepasó la hora y media) con “I got mine”, de nuevo con Dan y Patrick luciéndose sobre el escenario en solitario, con un final atronador a la altura, ahora sí, de un grupo como The Black Keys, llamados a liderar la batuta del rock norteamericano. Ese que a pesar de oler a otro tiempo sigue hoy sonándonos tan fresco y necesario como sonaba, y sigue sonando, “Sticky Fingers” (1971). Deberán plantearse los de Ohio si quieren seguir llenando pabellones como el de ayer, o si consustancial a su propuesta es ofrecer su espectáculo en un lugar propicio para la música. Para las emociones, la trascendencia y el recuerdo, de lo que todo trata al fin y al cabo.

 Sonando: Sweetie de Josh Rouse

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