Quedan canciones en esta España convulsa

Texto originalmente publicado en Revista Hypérbole  (4 de julio de 2012)

En unos tiempos en los que el término indie (me) crea escepticismo ante las innumerables  propuestas que inundan el panorama nacional e internacional -levántate pronto y pierde  tiempo en coserte cada mañana los (ya) ceñidos pantalones vaqueros, o en su defecto, encuentra la prenda más kitsch entre las calles zigzagueantes de North Laine para tu primer bolo: serás uno de ellos- todavía surgen artistas que siguen la estela de los grandes crooners norteamericanos actuales, como Cass McCombs o Elvis Perkins, de Conor Orbest o de hasta el malogrado Nick Drake, y eso es de agradecer. Ellos, defensores a ultranza del pop elegante  de Déjà vu y de la exquisita prosa poética de Cortázar, dejan atrás por una vez los añorados tiempos de los rostros desencajados para adentrarse en la imaginería americana. Más de lo mismo. Las chicas de autostop.  Aquel motel de carretera dónde Ella -esa camarera-  espera hasta el amanecer durante las noches de otoño.  El fingerpicking. Las botas desgastadas.

Entendiendo esto a la perfección, y añadiendo retazos de esa melancolía que nos resulta tan placentera en tiempos convulsos encontramos a Fabián. En el anterior párrafo introducíamos al artista comparándolo con las temáticas de los músicos norteamericanos de raíz clásica, y sin embargo, al hablar de Fabián debemos hacer referencia a otras muchas influencias, a artistas como Feist o Kings of Conveniece,  culpables probablemente de su vertiente más folkie, melódica y personal. Pero Fabián, leonés  nacido en la pequeña ciudad Suiza de Biel, no se queda ahí. Quizás gracias a ello, y a su indiscutible talento, logra con su tercera colección de canciones “Después del incendio y otras cosas así” (2011) un disco de pura artesanía, repleto de sonoridades ambientales que, a través de un sugerente discurso melódico y narrativo, trasladan al oyente a las historias de unos hombres que nunca pudieron decidir su destino: incapaces de admitir que aquel amor emigró a la gran ciudad y no volverá a corto plazo. Fabián sueña con camareras. Valquirias con las que compartir espacio en una alfombra de hojas secas. Y saber volver. Decidir cuál es el destino que debe elegir, una vez más. En definitiva, sus canciones intimistas son las de un crooner patrio que sin apenas medios ni difusión ya ha materializado 33 recitales acústicos de guitarra y armónica en lo que va de gira.

Canciones que encajarían en cualquier cuadro de Constable. En la mayor parte de la obra del pintor inglés había paisajes cargados de sentimentalismo. Luz y nubes. La poesía frágil e intimista del leonés nos remite a atmósferas muy similares. Como aquel disco de The Bright Eyes “I’m Wide Awake, It’s Morning”(2005). Aunque sin duda  es esa melancolía regionalista y poco misántropa la que (nos) cautiva y constituye el eje central en la obra de ambos.

Una gran discográfica ansiosa de etiquetar lo definiría a medio camino entre las cazadoras de cuero y el gafapastismo rockdelux. Pero está claro que él se aleja de todo eso. No se siente cómodo en una industrial musical desalentadora, que continua en un modelo obsoleto y (re)vendiendo make-up a diestro y siniestro. En ella parece no tener lugar todavía muchas de las propuestas -otras comienzan a hacerlo, como Nacho Umbert o María Rodés– de artistas coherentes con sus convicciones, que rebosan honestidad, buen gusto y saber hacer. Aquellos que, por encima de todo, escriben canciones. Aquellos que ahí seguirán: peleando a la contra.

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