Apuntes desde el Medio Oeste (V). Escucho algunos discos de antes

Artículo originalmente publicado en Fronterad (14 de marzo de 2014)

Todas las noches camino desde la biblioteca hacia mi apartamento en East Second Street. Las primeras semanas solía tener su encanto. Atraído por el misterio que acostumbra a provocar lo desconocido, esperaba ese instante del día con impaciencia. La todavía agradable brisa de verano y una bicicleta prestada eran entonces mi mejor compañía. Sin embargo, el recorrido, de poco más de tres minutos en bicicleta, se me hacía demasiado corto: apenas daba tiempo de escuchar una canción.

Supongo que mi obsesión con tratar de medir el tiempo a través de los discos empezó a gestarse en los viajes familiares en coche. Para aquel fascinado adolescente de provincia la duración del trayecto ya no se medía en horas o minutos, sino en función del número de discos que era posible escuchar durante el trayecto. “Into the Music” (1979) de Van Morrison, “Car Wheels on a Gravel Road” (1998) de Lucinda Williams, “Pájaros Mojados” (2003) de Quique González y varios álbumes de Joaquín Sabina formaron a buen seguro parte de mis cálculos. Con el tiempo se fueron añadiendo otros tantos. Recuerdo con especial cariño “Ash Wednesaday” (2007), el debut discográfico de Elvis Perkins, un músico del que apenas hemos tenido noticias después de su segunda entrega allá por 2009.

En una de aquellas tardes crepusculares de septiembre, al salir de la biblioteca, sonaba “Love Has Brought Me Around”, el primer corte de “Mud Slide Slim and The Blue Horizon” (1971), donde la introspección lírica de James Taylor alcanza probablemente su plenitud. El viaje debía prolongarse durante más tiempo, al menos hasta que llegase “You Can Close Your Eyes”. Hacía unos días que había conseguido una guitarra, también prestada, pero no conseguía afinarla; mis aptitudes musicales son más bien limitadas. Con el  afinador como pretexto me encaminé a cruzar las vías del tren que separan el este y el oeste del pueblo. No me sorprendió demasiado que en la parte oeste del pueblo el paisaje mantuviera la misma monotonía. Me dirigía hacia el Way Park porWest First Street, dejando a mi izquierda la Logia Masónica de Northfield. Google Maps me indicaba que la tienda de instrumentos se encontraba junto al parque. Pero pasaban los minutos y no vislumbraba nada más que casas y un grupo de niños celebrando un cumpleaños en el parque. La idea de encontrar una tienda, ya sea de instrumentos o de reparación de relojes, en un área tan puramente residencial, sin servicios a la vista, empezaba a desvanecerse. Las canciones de Taylor, cómo no, me seguían acompañando. Después de haberme familiarizado lo suficiente con la zona, era el momento de acercarme a los townies (lugareños). No es fácil, ni siquiera cuando el tiempo acompaña, encontrar a personas paseando por la calle en este pequeño pueblo universitario de Minnesota. Las madres del parque parecían muy ocupadas disfrutando de sus hijos, y valoré que interrumpirles con algo tan banal era algo así como un acto irresponsable. Una mujer de unos treinta y cinco años se disponía a sacar su coche del garaje cuando le abordé lo más cortésmente posible a través de su ventanilla.

Pocos minutos más tarde estaba llamando a la puerta de una desconocida que decía tener lo que yo buscaba. Tardó poco más de diez segundos en abrir la puerta, lo suficiente como  para poder distinguir la melodía que asomaba desde el interior de la casa. La guitarra trasteaba y rítmicamente la ejecución dejaba bastante que desear. Se trataba de la introducción de “While You Were Sleeping”, de Elvis Perkins. Aquel cuidadosamente descuidado adolescente de quince años escondía en su mirada una sensibilidad musical de la que le será difícil desprenderse. Porque cuando uno accede al particular universo de Elvis Perkins esas letras angustiosas y su música evocadora y orgánica, que en ocasiones incluso roza lo festivo, tienden a atraparle para siempre. “Se puede estar triste y contento al mismo tiempo y es ahí cuando me salen mis mejores canciones” reconocía el talentoso y malogrado Elliott Smith en una entrevista. No me extrañaría que Perkins subscribiera íntegramente esas declaraciones. Curiosamente “While You Were Sleeping” es una de las primeras canciones que un servidor intentó aprender a destrozar lo menos posible con su guitarra española. Porque algunos, en un tiempo no tan lejano, también soñamos con los escenarios.

En el camino de vuelta a casa, de acuerdo a mi obsesión con escuchar los discos de principio a fin y de hacer coincidir la duración de álbumes y trayectos, continué con el disco de James Taylor por donde lo había dejado. Desafortunadamente, Perkins tuvo que seguir esperando su turno en el jukebox.

La semana pasada volví a recorrer el tramo que separa la biblioteca de mi apartamento. Después de seis intensos meses y de haberlo transitado en infinidad de ocasiones, el paseo había lógicamente perdido parte de su atractivo inicial. Además, unos días atrás había leído que Second Street es el nombre de calle más popular en todos los Estados Unidos, por lo que lo de sentirse especial se tornaba cada vez más complicado. En aquel instante decidí cambiar ligeramente de itinerario, y giré a la izquierda antes de lo habitual. Entonces, junto a las escaleras que dan acceso a la capilla multiconfesional que preside el campus, me tropecé con una pizarra publicitaria que anunciaba la celebración del Ash Wednesaday (miércoles de ceniza).

Esta vez no tenía excusa. Mientras ahí fuera, en esa lluviosa tarde de marzo, cenicienta y mustia, la tupida nieve se resistía a desaparecer, había llegado el momento de volver a resguardarse en Elvis Perkins, y más concretamente en su maravilloso primer álbum, “Ash Wednesaday”.

Estas noches encerrado en casa,

en vez de rastrear por esas calles,

en vez de regresar por la mañana,

escucho algunos discos de antes. 

“Discos de antes”, de Quique González

Apuntes desde el Medio Oeste (IV). Dr. Dog y el trajín emocional de las canciones

Artículo originalmente publicado en Fronterad (9 de febrero de 2014)

Eran cerca de las siete cuando mi propósito se desvaneció. Como cada día, la mayor parte de mi tarde estaba destinada a mantener conversaciones en español con unos treinta estudiantes universitarios de primer año. Con un máximo de cinco personas por grupo, y una duración de media hora por grupo, las tres horas al día consecutivas entre pomposos sofás de tonos ocres, estanterías saturadas de atlas en desuso y esa bibliotecaria con turno de tarde y mirada condescendiente son insoslayables. En aquella azulada tarde de jueves, una luz fluvial y el característico -y no por ello menos penetrante- viento glacial de esta zona hacían del paraje un lugar al borde de la Tierra plana, de aires fronterizos con los límites del mundo.

A las seis y media daba comienzo mi último grupo. Necesitaba despejarme, y me ausenté durante unos minutos. Al acercarme a una esas fuentes de última generación repartidas a lo largo de la universidad, recibí un correo electrónico. No eran buenas noticias. Finalmente, y a pesar de los intentos del editor y director de esta casa, Alfonso Armada, no nos acreditaban para el concierto de Jason Isbell en el First Avenue de Minneapolis, para el que ya no había entradas. La culpa en realidad había sido mía, ya que sabía desde hace dos o tres meses que Isbell y su banda, los 400 Unit, iban a presentar su último disco, Southeastern, en Minneapolis a principios de febrero. Supongo que subestimé el tirón del músico de Alabama, antiguo componente de los Drive-By Truckers, en esta región del país. En septiembre, recién llegado a Estados Unidos, había descubierto a Isbell. Así pues, este disco, además de formar parte de mi modesta lista de lo mejor de 2013, había ido adquiriendo de un tiempo a esta parte arraigados matices afectivos; tonalidades que todavía hoy revolotean con frecuencia en la multitud de la penumbra de este invierno interminable en el sureste de la tierra de los diez mil lagos.

Parecía que los astros se alineaban en mi contra. En un intervalo de una semana se daban cita entre Minneapolis y St. Paul algunos de mis artistas predilectos: Josh Ritter,Dr. DogJonathan Wilson y el ya mencionado Jason Isbell. Por diversas circunstancias, me había sido imposible escaparme a la ciudad el lunes para ver a Josh Ritter, y tampoco iba a poder disfrutar del viaje sonoro que a buen seguro propondría el exquisito y omnipresente Jonathan Wilson el jueves en el Turf Club de St. Paul.

Esta serie de reflexiones y escarceos resonaban una y otra vez en ese intervalo de tres minutos. Pronto dejé de lamentarme, y empecé a pensar en el concierto de Dr. Dog en el First Avenue esa misma noche, al que sí que iba a asistir con algunos amigos. Cuando volví al distendido lugar de trabajo, cinco chicas me estaban esperando para nuestra primera clase. Siguiendo el patrón habitual, les animé a que se presentaran. Nada muy novedoso: chicas de clase media-alta, procedentes de los suburbios de la costa este o noroeste y detentoras de una ingenuidad bastante pulcra. Cuando llegó mi turno rompí con el protocolo. Era la vigésimo octava vez en cinco días que tenía que presentarme, y empezaba a convertirse en una pesadilla. “Hola, me llamo Luis, y esta noche voy a Minneapolis a ver Dr. Dog, ¿los conocéis?”. Mi fuerte empeño en mantener la atención durante las tres horas, sin referirme al concierto, se había esfumado de repente.

Eran poco antes de las dos de la madrugada cuando cerré con llave la puerta de mi apartamento. Antes de que pudiera atacar la nevera o directamente quedarme dormido con lo puesto, me topé con un libro de John CheeverThe Stories of John Cheever, entreabierto sobre la mesa del salón. En la parte final de uno de los cuentos, uno de sus personajes hace una firme proclama: “Ni los amigos simpáticos, ni la cocina, ni el jardín, ni un baño con ducha, ni ninguna otra cosa conseguirán que yo no quiera ver el mundo y conocer a las gente que viven en él”. Algo parecido -adaptado a las características de nuestro tiempo- siento a menudo en la burbuja que supone esta universidad del Medio Oeste estadounidense en la que todo es aparentemente maravilloso, en un lugar en el que todos son aparentemente felices. Porque a falta de ciudades en las que poder caminar sin acabar congelado, he decido apostar por el trajín emocional de las canciones.

Había pasado media hora a la deriva a menos treinta grados bajo cero, apenas había cenado y la policía, omnipresente en el Condado, había multado a mi amiga por exceso de velocidad. Al día siguiente tenía que madrugar, iba a dormir muy poco. Pero había merecido la pena. El concierto de Dr. Dog ha sido, por unos motivos u otros, uno de los conciertos de mi vida.

Aquel día no sucedió nada especial,

pero aquel momento,

aquel día de abejas de leche y prados de cera,

para mí será único siempre.

 

“Aquel día”, de Kirmen Uribe

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“Brothers and Sisters of the Eternal Son” (2014), de Damien Jurado

Artículo originalmente publicado en Fronterad (25 de enero de 2014)

Un 21 de enero de 1997 Damien Jurado publicaba su primer álbum, “Waters Ave. S.”, con el respaldo del sello Sub Pop. Empezando por la portada de su debut y siguiendo por las quebradizas composiciones que ocultan furtivamente sus primeras entregas, la música de Damien Jurado destila desde sus comienzos un enigmático halo de melancolía y misterio semejante al que transmiten las canciones de Nick Drake o de otros compositores contemporáneos, como Sharon Van Etten, Josh T. Pearson o David Bazan. Muchas cosas han cambiado desde que aquel joven imberbe de Seattle aterrizara en el casi siempre espinoso mundo de la música hasta el lanzamiento de su undécimo trabajo catorce años después, precisamente un 21 de enero, esta vez de 2014. Sin embargo, sus once álbumes de estudio hasta la fecha se resguardan sin complejos dentro de la etiqueta de folk intimista y atemporal que ha ido impregnando, en mayor o menor medida, su prolífica obra a lo largo del tiempo. 

En “Brothers and Sisters of the Eternal Son” (Secretly Canadian, 2014), su flamante entrega, ese folk introspectivo se combina con un sonido más intrincado. Durante la primera parte del disco la reverberación se erige como principal protagonista, escoltada por múltiples (y difusas) capas de sonido, para abrazar con cierta suntuosidad la psicodelia más amena. Porque si bien es cierto que parte de su esencia ha permanecido intacta con el paso del tiempo, la labor de Richard Swift (The Shins, Foxygen) como productor en los tres últimos trabajos, además de como multiinstrumentista, ha ensanchado  la identidad sonora del experimentado songwriter estadounidense, haciéndole consciente de determinadas potencialidades que sus creaciones, ávidas probablemente de una visión exterior, venían ocultando desde hace algún tiempo. La simbiosis vital entre Damien Jurado y su productor alcanza aquí su mayor esplendor y complejidad hasta la fecha, desembocando en un aura de medida espiritualidad –implícitamente religiosa o no–  que purifica la mayor parte del disco (“Magic Number”, “Silver Timothy” o “Return to Maraqopa” o “Jericho Road”). De manera similar lo percibe también su amigo Josh Tillman (Father John Misty) en una especie de ensayo a modo de hoja promocional, donde afirma que “Damien Jurado ha inventado su propio Jesús porque el álbum de Damien Jurado necesita un Jesús bello. Un Jesús de un espacio extraño que yo no reconozco. El nombre es el mismo, la mayor parte de la imaginería es la misma, pero ha resucitado. Sí, como si Jesús hubiera nacido otra vez. Así es como este álbum suena”. Quizás no nos vendría mal a los españoles reflexionar sobre este acercamiento tan sincero, particular y espontáneo a la religión, sin entrar a discutir que existan motivos históricos que justifiquen nuestro escepticismo.

En el segundo tramo del álbum tanto el sonido como el tono de la narración se aproximan más al preciosismo pop-folk propio del resto de su discografía. En “Silver Katherine” el legado del sonido Laurel Canyon que representaron formaciones como Crosby, Stills, Nash & Young –y revitalizado hoy por músicos del talento de Jonathan Wilson o bandas tan brillantes como Dawes– emerge con distinción desde las armonías vocales. “Silver Joy” es una balada acústica marca de la casa que encajaría en cualquier parte de la discografía del de Seattle. Como colofón, “Suns In Our Minds” sorprende por su relativa luminosidad (“and when you go, that is all, you’ll be back tomorrow”) y unos sintetizadores pop que cierran el disco dejando una vez más la puerta entreabierta a nuevos sonidos.

Esta colección de canciones pretende además funcionar, como su anterior “Maraqopa” (Secretly Canadian, 2012), como un todo, aparentando reivindicar esa forma estrictamente conceptual de entender un elepé que todavía hoy distingue a clásicos como “Dark Side of the Moon”, “The Wall” o “Quadrophenia”. Según ha explicado el artista durante la promoción, la idea de facturar otro álbum conceptual no sobrevoló su mente hasta el último momento; de hecho, Damien había reunido una serie de canciones independientes con la intención de que conformasen su próximo disco. Días antes de dirigirse al estudio de Swift para grabarlas, una conversación con un amigo le hizo ver que realmente no tenía ganas de inmortalizar en una grabación este material, en el que apenas confiaba. Fue entonces cuando su amigo le sugirió retomar la historia inacabada de “Maraqopa”, y el músico, atraído la propuesta, comenzó a trabajar en las piezas que ahora podemos degustar. Su nueva obra se presenta así como una secuela de la anterior. Si “Maraqopa” trataba acerca de un hombre que desaparece voluntariamente en el desierto, “Brothers and Sisters of the Eternal Son” es una continuación de ese viaje, en el que desaparece de sí mismo y tiene que volver a reencontrarse con todo. Sospecho que es dentro de esa evocadora incomprensión, y del afán de no ponerse las cosas fáciles ni a uno mismo ni, por lo tanto, al oyente, donde reside gran parte del valor y la belleza de esta ambiciosa propuesta de poco más de media hora de duración que requiere, como casi todo lo realmente valioso, tiempo y dedicación.

No debe ser casualidad que Paolo Sorrentino, director de cine italiano artífice de ese canto a lo terrenalmente divino titulado “La gran belleza”, utilizase una de las canciones de Damien Jurado, “Everything Trying”, en uno de los pasajes de su laureada película. Porque tanto Sorrentino como Damien Jurado, aunque desde ópticas diferentes, persiguen cada día representar las imágenes que quizás, quién sabe, den algún día sentido a su existencia. A menudo, sin seguramente pretenderlo, logran dar sentido a la nuestra, a nuestro espíritu errante. Y es que hay algunos que casi siempre aciertan. Por suerte o por desgracia, no solemos ser nosotros, que seguiremos deambulando a la deriva, en las butacas del cine o en una boca de metro, como meros espectadores.

Veinte discos que habría lamentado perderme en 2013

Artículo originalmente publicado en Fronterad (11 de enero de 2014)

No sé muy bien cómo afrontar la proliferación de las listas de los mejores discos (y demás) del año de un tiempo a esta parte. Quizás tenga que ver esa idea tan perniciosa del crítico venido a prescriptor que comentaba Juan Puchades hace algún tiempo. Puede que sea sólo una estrategia más de algunos portales digitales para ganar clicks por Navidad, o que incluso, como se señala aquí, todo se reduzca a una simple devolución de favores, y esas primeras posiciones posean un precio fijo. Y es que, como afirmaba Xavi Sancho al polemizar acerca de las listas del año, “una de las características que definen estos tiempos que vivimos es que a todo el mundo le gusta mucho opinar”. Prefiero no pensar demasiado en ello, la verdad; seguir creyendo que en la mayoría de esas listas no hay más intención que la de hacer recapitulación del año que se va a través de las novedades musicales que han ido llamando nuestra atención a lo largo del año. Una colección de canciones que, como leía hace unos días en uno de los relatos de Vila-Matas en Una casa para siempre -sin referirse a las canciones-, debería alejarse de lo tiránico, que no pretende “explicar el mundo ni, menos aún, abarcar la totalidad de una vida, sino tan sólo unos pasajes de esa vida”. Mis pretensiones con esta lista no van más allá de eso, de recrearme en ciertos pasajes a raíz de escuchar uno u otro disco, poniendo de paso algo de orden a todo lo que hemos ido acercándonos durante los últimos meses. Y, por supuesto, nada de 7,1, 8,3 o 0,0. Suficiente es ya una trivial clasificación de veinte posiciones como para andar reivindicando la ciencia cuantitativa a estas alturas del año.

Cuando durante la Navidad empecé a escuchar de nuevo (algunos, como el del sorprendente Jason Isbell, por primera vez) los álbumes que aparecen en esta lista, y decidí llevarla a cabo, me intranquilizaba el simple hecho de tener que dotar a la lista de un título. Por fortuna, pronto apareció Enric González con sus Diez libros que habría lamentado perderme en 2013 en Jot Down para salvarme de nuevo. Y digo de nuevo porque hace unas semanas mi travesía solitaria por Nueva York hubiera sido bien diferente si sus Historias de Nueva York no me hubieran acompañado mientras recorría aquellas calles nevadas que perdurarán para siempre en mi memoria.

1.  Muchacho, de Phosphorescent

2. Fanfare, de Jonathan Wilson

3. Southeastern, de Jason Isbell

4. B-Room, de Dr. Dog

5. Trouble Will Finde Me, de The National

6. The Invisible Way, de Low

7. Stay True, de Danny and The Champions of the World

8. Pushin’ Against A Stone, de Valerie June

9. Push The Sky Away, de Nick Cave & The Bad Seeds

10. The Beast In Its Tracks, de Josh Ritter

11. American Kid, de Patty Griffin

12. Negativity, de Deer Tick

13. Stories Don’t End, de Dawes

14. Big Wheels and Others, de Cass McCombs

15. The Worse Things Get, The Harder I Fight, The Harder I Fight, The More I Love You, de Neko Case

16. Life In Easy Steps, de Robert Vincent

17. Warp and Weft, de Laura Veirs

18. Tall Tall Shadow, de Basia Bulat

19. The Ash and Clay, de The Milk Carton Kids

20. Lessons, de Ha Ha Tonka

Bonus track: Night, de Simone Dinnerstein & Tift Merritt

Apuntes desde el Medio Oeste (III). Canciones que nos salvarán mañana

Artículo originalmente publicado en Fronterad (7 de diciembre de 2013)

Había estado escuchando sus discos compulsivamente durante las últimas semanas. Sin previo aviso había llegado el invierno y afuera, de cuando en cuando, un viento glacial levantaba un rumor suave en las hojas de los árboles. Pronto los árboles se desprenderían de esas hojas de tonos anaranjados que embellecen cada otoño las calles y los jardines. A la angustia por la definitiva llegada del invierno, a priori interminable, se contraponía el alivio de saber que éste nunca me podría arrebatar sus canciones. Como ya apuntaba hace poco más de un mes, sucede justamente lo contrario: las canciones –como tantas otras cosas– adquieren en esta coyuntura una trascendencia al menos singular. Hoy, cuando una nieve muy espesa cubre los coches aparcados y salir a pasear resulta una quimera, vuelvo a percibir los caminos transitados por el prolífico Ryan Adams con cierta añoranza y familiaridad. La teoría de la reminiscencia  de Platón ejemplifica bien ese proceso en el que a menudo nos vemos imbuidos, de volver a degustar unas melodías que se instalaron hace algún tiempo y para siempre en nuestras coordenadas sensoriales.

El lugar donde descubrimos una canción, o la persona dueña de esa especie de secreto revelado, tiende a permanecer en nuestro inconsciente  por un ínterin indefinido. Antonio Muñoz Molina lo ilustraba con lucidez en uno de los pasajes de Ventanas de Manhattan, cuando nos sugería que “las canciones no hablan de quien las ha compuesto y ni siquiera del que está tocándolas sino de quien las escucha, de quien se reconoció en una de ellas nada más descubrirla  y se vio comprendido y explicado por la pura forma de la melodía, por esas palabras que ya le pertenecen incluso cuando sólo las ha comprendido parcialmente”. Nos referimos aquí a la memoria, a cómo los recuerdos -o la deriva idealista de estos-, junto a las circunstancias, determinan en gran medida el mapa mental que asoma sobre nosotros cuando el vinilo empieza a girar y todo lo demás se torna mundano.

Fue Ryan Adams uno de los primeros músicos estrictamente contemporáneos, dentro del paraguas de la música norteamericana, que llegó a mis oídos aunque fuese desinteresadamente. Recuerdo que mi hermano mayor había grabado por aquel entonces algunos de sus discos en cedés vírgenes, con sus correspondientes caratulas caseras incluidas. Solía reproducir alguna de sus canciones cada noche antes de acostarnos. Pasados los años, cuando me enfrenté por mi cuenta a discos como “Heartbreaker” (2000) o “Demolition” (2002) muchas de esas melodías me resultaron altamente evocadoras, sintiendo con frecuencia que regresaba a aquellas noches de domingo de Carrusel Deportivo post-partido del plus, en las que tras el poético resumen de la jornada a cargo de Pepe Domingo Castaño Ryan ponía la guinda a la semana con su Desire. A veces pienso que en noches así algo tan importante como la emotividad para con la música empezaba a fraguarse, y siento cierta satisfacción por haberme acercado pasivamente, con apenas diez años, a algunas de las canciones que con los años han pasado a formar parte de la banda sonora de mi vida.

Cobrar melancólicamente conciencia de la lejanía cuando han pasado poco más de dos décadas desde que este escribiente aterrizara en un país que ya presagiaba su fracaso puede resultar absurdo, pero quizás podemos culpar a los Bruce Springsteen, Antonio Vega, Andrés Calamaro o Quique González, referentes absolutos para un servidor y propulsores de esa melancolía espontáneamente placentera. Además, según muchos de los todólogos que cada día acaloran el debate público pertenezco a “la primera generación que vivirá peor que sus padres”, por lo que parezco tener motivos suficientes para seguir sumergiéndome en el pasado con un deje nostálgico.

Reconozco que fui de los que, en un principio, empezó a interesarse más por la letra de la canción que por la música en sí misma. Quizás esa es la razón por la que empaticé antes con la música cantada en castellano que con la anglosajona. Obviamente, con el paso de los años, fui descubriendo todo un mundo fuera de nuestras fronteras, prestando especial atención a la música de raíces anglosajonas, pero creo que es sano y justo reprobar esa tendencia tan española, tan pretendidamente esnob como provinciana,  de renegar de lo nuestro.

Hace un par de semanas Juan Puchades, director de la Revista Efe Eme, y Julio Valdeón Blanco, colaborador habitual de la revista, elaboraron una lista de diez canciones esenciales dentro de las dos obras cumbres de Andrés Calamaro, “Alta suciedad” (1997) y “Honestidad brutal” (1999). En esta selección de canciones me reencontré con tres de mis canciones predilectas dentro del amplio repertorio del argentino: “Crímenes perfectos”, “Con abuelo” y “No tan Buenos Aires”. Las tres se reprodujeron en ese mismo orden, pero me detuve especialmente en “No tan Buenos Aires”. La hice sonar una y otra vez. No es una de las canciones que más he escuchado durante los últimos años, pero sí una de las más importantes desde que fui consciente de la magia que podían esconder unos cuantos acordes rotos. Intuyo que sería un domingo al mediodía, yendo a comer al pueblo de mi padre, una de las primeras veces que escuché esa dylaniana canción de 7 minutos y medio repleta de poderosas imágenes que parecen remitirnos a la Argentina del menemismo.  Una colección de imágenes que desde muy pequeño me hicieron sentir cierta debilidad por Buenos Aires y, dadas sus referencias a la Bombonera, incluso por Boca Juniors. Porque Buenos Aires siempre será para mí ese “No tan Buenos Aires” donde el romanticismo se opone al materialismo, o al menos hasta que tenga la oportunidad de ir y comprobar la verdadera realidad. Aquellos cassettes que le había regalado a mi madre su profesor de pintura contenían piezas como “Te quiero igual”, “Clonzepán y circo”, “Son las nueve” o “Paloma”. Pronto algunas de ellas se convertirían en imprescindibles himnos familiares que todos en el coche deseábamos escuchar; himnos que de algún modo empezaban a definirme en ciertos aspectos, y a presagiar que la música sería un elemento esencial en mi adolescencia. Por otro lado, todavía se mantenían por aquel entonces las grandes narrativas que solían rodear a los artistas, ese irremediable y tan necesario misterio que nos producían figuras como la de Calamaro. Nunca había visto una fotografía suya, más allá de la portada del disco, ni era conocedor de sus numerosas polémicas. Probablemente entonces mi inocencia, esa inconsciencia que en ocasiones tanto añoro, me permitía centrarme más en sus canciones.

Meses antes de descubrir la música de Antonio Vega había empezado a ser consciente de la íntima conexión emocional que era posible establecer a través de algunas creaciones artísticas. En el año 2004 Antonio Vega había publicado “Escapadas”, un álbum donde se recopilaban algunas colaboraciones que Antonio había hecho a lo largo de su carrera junto a otras exclusivas de este disco recopilatorio. El recopilatorio no era en ningún caso sublime, y tenía una apariencia comercial más que manifiesta, pero incluía aun así momentos de gran belleza, como la versión de “Como hablar” junto a Amaral o una interpretación muy especial del “Agárrate a mí, María” de Enrique Urquijo. No obstante, el corte que más llamó mi atención al escuchar el disco fue el último. Se trataba de una canción titulada “La carretera”. Obviamente, yo no había reparado en aquel momento en que aquellas canciones no habían sido escritas por Antonio. La canción, acompañada por el piano de su fiel escudero Basilio Martí, es un recorrido por los sentimientos contrapuestos de un artista en la carretera. La segunda mitad de la canción me pareció desde el primer momento absolutamente mágica, especialmente desde el momento en que empieza a reflexionar sobre el valor de sus autógrafos para concluir después con una última estrofa estremecedora. Después de unos meses me enteré de que la canción había sido compuesta por Hombres G a mediados de los ochenta. Aquello fue un gran fiasco. No pude escuchar más de cuarenta y cinco segundos de la canción de Hombres G, así que decidí que internamente le concedería la autoría a Antonio Vega para siempre. Justo en aquel momento Antonio volvía con material nuevo. No sé cómo accedí a “3000 Noches con Marga” (2005), pero puede que fuese a través de una entrevista de Santi Alcanda a Antonio en la Revista Efe Eme. Pronto el álbum apareció también por el coche. Antonio había facturado con canciones como “Pasa el otoño”, “Caminos infinitos” o “Te espero” un álbum esencial en la historia del pop-rock español y yo no podía aguantar más sin asistir a uno de sus conciertos.

En 2007 Nacha Pop anunció su vuelta a los escenarios. En julio de ese mismo año yo había viajado a Canadá, y a la semana de llegar tuve que acudir de urgencia al hospital aquejado de una gastroenteritis. Mientras esperaba al doctor tumbado en una de las camillas recibí un mensaje de texto de mi hermano con la noticia soñada: teníamos entradas para ver a Nacha Pop en el Palacio de los Deportes. Habría que esperar hasta el 26 de octubre, pero la gastroenteritis había pasado entonces a un segundo plano. Me impactó verle aparecer sobre el escenario aquella noche, tan cabizbajo, visiblemente encorvado y con el aspecto desaliñado que tristemente le caracterizó durante los últimos años de su vida. Cuando escuché sonar el arpegio de “Antes de que salga el sol” y unos segundos después la sorprendentemente nítida voz de Antonio emergió con una delicadeza marca de la casa, su apariencia descuidada se volvió también secundaria.  Fue el primer concierto de los cientos que han venido en los próximos años, y me alegra saber especialmente que fue para ver al superviviente y maldito Antonio Vega, ese chico triste y solitario que nos dejaría un 12 de mayo de 2009.

Viví un otoño de emociones fuertes, pues una semana después, el 2 de noviembre, había planeado viajar con mi hermano a Zaragoza para ver a Quique González presentar “Avería y redención #7” (2007) en la Sala Oasis. Quique González, por motivos que todavía me cuesta explicar y que me gustaría algún día plasmar en un texto, ha sido el artista que más a fondo he escuchado desde que me di cuenta de que, definitivamente, la música suponía un pilar trascendental de mi existencia. Durante unas vacaciones mi hermano había venido a pasar unos días a casa, y me comentó que el tal Quique González acababa de publicar un disco recopilatorio en directo. Su nombre me sonaba familiar: desde hacía un par de años o tres mi hermano había escuchado mucho sus discos, y, cómo no, también sonaban con frecuencia en el coche.  A decir verdad, creo que el verano anterior ya había estado escuchando mucho una canción que se llamaba “Día de feria”, y otra titulada “Rompeolas”. “Ajuste de cuentas” (2006), el recopilatorio en directo, me atrapó desde el primer momento. Curiosamente conecté muy pronto con la mayoría de las canciones del álbum. La razón era simple: muchas de ellas habían sonado años atrás durante muchas noches antes de acostarnos o, en su defecto, recién levantados. Un fin de semana, cuando todavía no había acabado su bachillerato, mi hermano viajó a Madrid para el concierto de presentación de “Kamikazes enamorados” (2003), el primer disco que Quique se había autoeditado. Allí compró ese disco, que contaba con la colaboración de su novia, la cantante Rebeca Jiménez. Rebeca había sido además musa e inspiración de la mayoría de las canciones del disco. Una vez llegó, el verdoso cedé de “Kamikazes enamorados” se mantuvo dentro de la mini-cadena de nuestra habitación unos cuantos meses.

Cuando aparentemente me había hecho con todos los discos de Quique, me di cuenta de que había una canción, la de “Starsky y Hutch” (desconocía entonces su nombre real), que no aparecía en ninguno de sus discos. La recordaba como una canción de aires festivos, de barrio,  rítmica y bailable, y una de las que más había escuchado durante esos meses monotemáticos.  Por fortuna, la canción de “Starsky y Hutch” existía, aunque en realidad se titulaba “Palomas en la quinta” y formaba parte justamente de ese preciosista “Kamikazes enamorados”. Fue especial volver a escuchar esa canción juntos hace unos meses en La Riviera. Los dos recordábamos perfectamente el lugar donde había empezado todo.

Me invade en estos días de tránsitos la sensación de estar recuperando algunas de las canciones que quizás sembraron en uno la semilla de un tipo de afectividad, no solamente musical, de la que será difícil desprenderse. Canciones que empezaron incluso a moldear cierta perspectiva a la hora de afrontar un obstáculo o de reflexionar acerca de realidades cotidianas. A su vez me cuestiono si esta acumulación de recuerdos se vuelve inexorable con el paso del tiempo, si nuestra capacidad enciclopédica en lo que se refiere al almacenamiento de trances y fragancias musicales es ilimitada, infinita. Diviso con resquemor esa idea, tan propia del irreflexivo pragmatismo vigente,  de que el transcurso de los años nos hará más insensibles, irremediablemente indolentes.

Yo, desde una inocencia que aspiro a mantener siempre viva y desde el romanticismo en el que ellas mismas me educaron, confío plenamente en que esas canciones, de ayer y de hoy, nos volverán a salvar mañana. En unas horas aterrizo en Nueva York y todavía me debato entre varias canciones para decidir cuál sonará finalmente mientras pise por primera vez suelo neoyorquino. Sea cual sea, confío plenamente en que esa canción me volverá a salvar mañana. Hasta ahora, pocas veces me han fallado.

Apuntes desde el Medio Oeste (I)

Artículo originalmente publicado en Fronterad (2 de noviembre de 2013)

Apenas han pasado dos meses desde que me trasladé a un pequeño pueblo del  Midwest, en el estado de Minnesota. Trabajo como Spanish Language Assistant en Carleton Collage, además de estudiar una asignatura cada trimestre como part-time student. Cada día dedico un mínimo de tres horas a enardecer los deseos de hablar español de los estudiantes. No es tarea fácil esclarecer los anhelos que sobrevuelan las mentes de los hijos de la clase alta -y fervientemente demócrata- estadounidense. Como proyecto de sociólogo y politólogo, dudo que en el futuro tenga una oportunidad de realizar tantas horas de observación participante como ésta. Hemos debatido sobre algunos de los cleavages políticos de la historia reciente de Estados Unidos, como son la cultura de las armas o el aborto, o sobre asuntos más cercanos para los estudiantes, como el debate sobre la libertad de expresión en las universidades, o acerca de la idoneidad de introducir ciertas cuotas para las minorías en los procesos de admisión a las universidades. Aun así, uno siempre encuentra dificultades para entender la lógica interna que guía a un país repleto de contradicciones. Pero no todo es acervo político e intelectual. La falta de interés por parte de los estudiantes, generalmente asociada a la falta de de horas de sueño –la mayor parte asegura que duerme cuatro o cinco horas de media debido a la carga de trabajo-, me ha llevado a recurrir a juegos de infancia como Tabú o ¿Quién es quién? para rellenar espacios en los que la conversación se tercia imposible.

Durante algunas semanas también trato de ayudar a los estudiantes de los niveles más avanzados de español con sus ensayos. Las asignaturas suelen gozar de un temario bastante específico, y en algunas ocasiones se vislumbran perspectivas razonablemente subversivas. Una de las peculiaridades de los Liberal Arts Colleges es, además del reducido tamaño de las clases y de la continua interacción profesor-alumno, la variedad de asignaturas impartidas, así como el hecho de no tener que escoger tu major (grado, en términos Bolonia) hasta el final de tu segundo año. La idea resulta en un principio muy atractiva: dos años –seis trimestres en este Collage- de universidad en los que, además de poder degustar diversas disciplinas, tienes la oportunidad de adquirir un conocimiento manifiestamente holístico. Sin embargo, me surgen dudas acerca de su viabilidad cuando algunos me confiesan sus dificultades para entender las ideas que encierran sus lecturas. Moishe Postone reinterpretando a Marx, David Harvey exponiendo su teoría del desarrollo geográfico desigual o la cuestión posmoderna según Judith Butler son algunas de las materias sobre las que tienen que reflexionar. Si a la dificultad obvia que supone el idioma le sumamos una posible falta de background en teoría sociológica, el resultado es, a priori, bastante incierto. No quiero posicionarme todavía sobre este tema, porque no conozco exactamente los requisitos para poder acceder a estas clases avanzadas de español, más allá del requisito lógico del idioma, pero trataré de averiguarlo con más exactitud.

No quiero con estas dudas dar a entender que el hermético planteamiento de la universidad en España, prácticamente desprovista de vasos comunicantes entre las humanidades y las ciencias y con unos planes de estudio (a menudo; es peligroso e injusto generalizar) obsoletos o mal estructurados, sea el modelo a seguir. Y, en cualquier caso, si hay algún tipo de desfase, prefiero que sea por exceso que por falta de exigencia, y más cuando estamos hablando, como en este caso, de estudiantes de probada excelencia académica. Independientemente de esto, el hecho de que un estudiante de química encuentre relevante y formativo una asignatura titulada Culture and Politics in India o de que un futuro ingeniero informático valore la importancia la teoría sociológica clásica no puede hacer más que entusiasmarme. Por otro lado, los estudios en Ciencia Política o Relaciones Internacionales son de los más demandados. No desaría caer tampoco en lugareñas y manidas comparaciones entre cualquier país extranjero, en este caso Estados Unidos, y España, tan en auge en nuestros días. Porque ni los españoles somos muy tontos, ni el resto muy listos. La cuestión creo que es, por una vez, relativamente sencilla: la estructura da pie a que la clásica dualidad letras-ciencias se rompa, generando que este tipo de razonamientos, patrocinados por inteligentes preguntas como “¿Y eso para qué sirve?” o “¿Pero cómo te vas a ganar la vida?”, se vengan abajo por su propio peso. En España, en cambio, la estructura todavía no lo permite. Perdonen el sesgo institucionalista en el último razonamiento.

En el próximo artículo pretendo profundizar más en el tema de las matrículas, y especialmente en los 58.149 dólares anuales que un estudiante paga por estudiar en esta universidad. Aparentemente, existe un sistema de becas, pero todavía no conozco con certeza su funcionamiento y cuantíaHe preguntado a diferentes profesores sobre este asunto con respuestas bastante contradictorias. En este enlace aparece información relevante con respecto a este tema, pero desconozco la fiabilidad de la fuente.

La verdad es que no sé cómo he acabado escribiendo este batiburrillo sobre asuntos tan tediosos. En un primer momento sólo pretendía justificar mi ausencia durante los últimos dos meses, alegando que mi repentina llegada (con fecha de caducidad) al mundo laboral me había mantenido algo alejado de ciertas costumbres. Las canciones, en cambio, adquieren durante este tiempo una resonancia y un colorido del que probablemente no podrán desprenderse jamás, y ese es el segundo motivo por el que empecé a trazar este caótico retrato, con la intención de compartir algunas de esas canciones. Martha Nussbaum, el First Avenue, las Twin Cities y demás tendrán que esperar a próximas entregas.

Es la una de la madrugada, y camino hacia casa después de un concierto. Una luz anaranjada emerge desde la ventana de una casa, y las sombras de cuatro personas se proyectan en el exterior con una sinuosidad lo suficientemente turbadora para causarme cierto escalofrío. De repente me encuentro inmerso en uno de esos cuentos gélidos y minimalistas de Raymond Carver, y siento que no debo seguir describiendo la escena, porque Raymond ya lo ha hecho por todos nosotros en infinidad de ocasiones. Sólo viviré aquí durante un año, pero más allá de poder vestir botas camperas, en noches así me pregunto cómo era este lugar hace 50 años, o cómo serán las sombras que surgen hoy tras la ventana dentro de 70 años. Y si a Carver le volvería a interesar retratarlo. Mercedes Álvarez, en El cielo gira, aportó hace tiempo algunas claves.